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Tecnochunchólogos

Los periodistas tienen a glorificar los enormes y costosos inventos de los países ricos o explotadores de las riquezas ajenas

La palabra «gadget», del inglés, es aplicable a todo artilugio o artefacto, por lo general de pequeñas dimensiones, creado o inventado con el propósito de evitarles la quema de calorías a quienes deberían estar sudando la gota gorda en los gimnasios.

Hasta donde logro entender, esa palabra pasó a la jerga de la computación con un sentido algo diferente y, dado que en ese terreno estoy más bien a oscuras, lo exonero de los efectos de este comentario. «Gadget» podría traducirse al castellano costarricense como chunche, cosiaco o chunchereco que, cuando compramos uno, antes de que transcurra una semana se hunde en una gaveta sin fondo, como les ocurría a los juguetes que me llegaban en Navidad.

Descubrí recientemente que el concepto de «gadget» se está inflando, de modo que en él ya caben enormes y costosos chunches cuya promoción, principalmente por parte de supuestos innovadores de países ricos o explotadores de las riquezas ajenas, se intensifica gracias a que, apenas los ven, los periodistas científicos comienzan a glorificarlos como si fueran el único medio que le permitirá a la humanidad derrotar al cambio climático y salvarse así de la extinción.

Lo curioso es que, cuando le pongo atención a un caso y llego hasta la última línea del correspondiente «reportaje», casi siempre leo algo como esto: «El invento [avance, proyecto piloto, descubrimiento, novedad] se encuentra en fase experimental o de desarrollo temprano, pero los investigadores [usualmente «piacheidís» de universidades de fuste] consideran que, una vez que se resuelvan los problemas de carácter tecnológico aún pendientes, prodigará a la humanidad grandes beneficios como, por ejemplo, una disponibilidad ilimitada de energía limpia».

Todo para hacernos caer en una trampa mediática como la que improvisarían los monos de un zoológico si un turista lanzara al foso una pelota de fútbol ornada con la foto de Lionel Messi. Los visitantes se sentirían, enseguida, como si estuvieran viendo un partido oficial de la UEFA y bastaría con encaramarle a uno de los monos una camiseta del PSG con el número 10 para que comenzaran a abrazarlo y a pedirle autógrafos.

¿Recuerdan el cuento del holandesito que salvó todo un pólder con solo meter un dedo en el hueco que se había formado en un dique? Pues era solo un cuento.

duranayanegui@gmail.com

El autor es químico.