Columnistas

Taranta presidencial

En Costa Rica y Cuba una taranta es algo así como una ocurrencia obsesiva propia de quien acaba de ser mordido por una picacaballo

Una gentil dama me detuvo aquella mañana frente a la iglesia de San Pedro para preguntarme por la suerte de un conocido, pero no supe qué contestarle. No la reconocí por culpa de la mascarilla y sospeché que, por esa misma razón, me tomaba por otra persona. La cortesía es gemela de la paciencia, así que hice lo posible por conducir la conversación hacia terreno seguro. Para mi alivio, ella creyó conveniente identificarse: «Acuérdese, nos conocimos cuando yo trabajaba en la campaña de Fulano, la que perdimos». Algunas sombras se escabulleron. ¡Claro que la recordaba! Eso sí, me vi impelido a aclararle: «Bueno, eso de perdimos suena a estadio, porque al final yo ni voté por él».

«Adió, no me diga, cómo va a ser eso», dijo —su tono de desilusión era conmovedor—, «pero ya ve usted, el hombre sigue con ganas de ser presidente y, por lo que me cuentan, se va a lanzar de nuevo en julio, justo el mes de la taranta».

Debió de darse cuenta de que me había quedado en Babia porque vino en mi auxilio exclamando: «¡Cómo que usted no sabe que la famosa epidemia de baile del Renacimiento comenzó un mes de julio!».

Ahora me sentí como si me hubieran pedido declamar la tabla periódica en húngaro. Me despedí abruptamente y poco después, diccionario en mano, descubrí que en Costa Rica y en Cuba una taranta es algo así como una ocurrencia obsesiva propia de quien acaba de ser mordido por una picacaballo, lo que me llevó a colegir que en algún momento la insondable voluntad de la lengua nos heredó esa palabra como referencia a las arañas lobo, las conocidas tarántulas.

Por lo demás, es históricamente cierto que a mediados de julio de 1518, en una ciudad de Alemania, después de que a una mujer «le dio la taranta» de ponerse a bailar desenfrenadamente día y noche, muchas personas resultaron contagiadas por las convulsiones coreográficas y la epidemia fue tan letal que antes de finalizar el mes de diciembre de aquel año habían muerto por agotamiento más de cuatrocientos bailarines. Se sabe que Paracelso estudió y describió el fenómeno, pero no pudo desentrañar su origen.

Es como para preguntarnos si mi fugaz interlocutora no intentaba sugerir que cada cuatro años, entre febrero y julio, Fulano experimenta un incontenible ataque de taranta presidencial para la que aún no existe una vacuna.

duranayanegui@gmail.com

El autor es químico.