Miguel Sobrado Chaves y Gonzalo Ramírez Guier. 16 marzo

Por segunda vez en un siglo, el sueño del socialismo parece consumirse en América Latina entre el fuego de las barricadas y los apagones generales.

Lejano ya, el socialismo soviético tuvo resultados hace 70 años, cuando en la posguerra se reconstruyeron ciudades y se hicieron grandes obras de infraestructura. Los logros en materia de crecimiento económico fueron más que notables. Pronto, la planificación central con ordenamiento administrativo entrabó la economía de consumo y la limitación en la oferta de artículos favoreció el florecimiento de diversos tipos de corrupción entre la élite burocrática con acceso al poder absoluto.

La participación política de la población se restringió, al punto que fue identificada como un factor de estancamiento económico por un científico de la dimensión de Andréi Sájarov, expulsado del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y acusado de traidor por señalar la realidad.

Dentro de esos procesos, floreció lo que los cubanos han denominado, con buen sentido del humor tropical, “el sociolismo”. “Socio” es, en la jerga popular cubana, sinónimo aproximado de “compiche”. Así pues, “sociolismo” se refiere a la proliferación de redes de funcionarios con acceso a los recursos escasos, quienes utilizan los productos o servicios bajo su supervisión para satisfacer oportunamente las necesidades de sus amigos (un chiste viejo de la sociedad cubana decía que quien tiene un socio es dueño de una central azucarera). De tal manera, el pulpero le guarda productos al médico o al ingeniero para pagar servicios profesionales sin hacer colas de espera.

Ese mecanismo habilitó el acceso a los bienes y servicios “combinando influencias” y benefició, especialmente, a la élite política. Sobre esta base, y sin controles ciudadanos eficientes, se fueron formando en la antigua URSS mafias organizadas que controlaron progresivamente el poder del partido y del Estado.

Cuando colapsaron el Estado y la economía soviéticos, se colocó sobre el tapete la necesidad de privatizar las empresas públicas. Las mafias, ubicadas como estaban en sitios estratégicos, diseñaron métodos que les permitiron quedarse con ellas y transformarse en plutócratas millonarios de la noche a la mañana.

Caminos diferentes. En la antigua URSS, la transformación fue caótica y violenta, se salió formalmente del socialismo y se emprendió la vía del capitalismo de mafias con altos costos sociales y culturales. En otros países del este, los procesos de privatización fueron más o menos similares a los sucedidos en la antigua URSS.

Por otra parte, en China, las reformas emprendidas a partir de 1978 no renunciaron al control estatal de la economía ni al socialismo. El Partido Comunista Chino mantuvo un férreo control sobre la conducción estratégica del desarrollo económico, inspirado en gran medida en las experiencias de Japón y Corea del Sur atinentes a la asignación de las inversiones privadas según un plan nacional a largo plazo.

Los chinos incorporaron a millones de agricultores al mercado y estimularon la empresa capitalista en sectores seleccionados. Mientras China con su política de socialismo de mercado sacaba a millones de la pobreza y se transformaba en la segunda economía mundial, muchos antiguos regímenes socialistas no lograban levantar vuelo.

En esos países, los grupos de interés desarrollaban sus negocios en un ambiente de corrupción y con el solo deseo de ganancias rápidas, completamente desarticulados de todo proyecto nacional de bienestar y desarrollo.

En América Latina. En Cuba, desde la coyuntura de 1989, se rechazó la empresa capitalista y el mercado por temor a que detrás del auge de estos renaciera el capitalismo. Después de la caída del bloque socialista, prefirieron entrar en un período de “apriete de faja”, que llamaron “el período especial”, aun pagando descomunales costos sociales y políticos. No es sino hasta muy recientemente, que la terca realidad y el ejemplo del respetado Vietnam se impusieron, dando paso al desarrollo temeroso de la empresa privada, en medio de grandes contradicciones, avances y retrocesos.

Hay que notar que Cuba ha formado un gran capital humano gracias a su sistema educativo. Esta fuerza de trabajo altamente calificada podría catapultar su economía si tuviese el complemento de una abundante inversión local y extranjera en el campo de la tecnología, la industria y los servicios.

En Nicaragua y Venezuela, las élites gobernantes abanderadas del socialismo parecen haber llegado a la conclusión de que si los actores de la economía han de ser capitalistas, entonces también ellas lo serán. A diferencia de China, se instauró un nuevo tipo de patrimonialismo con banderas de “izquierda”, acompañado de reformas populares o populistas, todo orientado al enriquecimiento de la élite dirigente. El resultado fue un “arroz con mango”, matizado por la ineficiencia, la corrupción y la prepotencia militar. Difícilmente semejante modelo podría contar con respaldo popular.

Otro ha sido el caso del Brasil de Lula y Dilma, quienes utilizaron la corrupción endémica de la clase político-empresarial brasileña para desviar fondos públicos, con el afán de pagar sobornos en las votaciones del Parlamento que aprobaban programas sociales exitosos.

Este dudoso proceder les permitió sacar a 40 millones de personas de la pobreza; no obstante, tarde o temprano la misma corrupción y los corruptos se volcaron en contra de ellos y los sacaron del poder mediante un linchamiento político. El trágico resultado final ha sido el ascenso al poder de los grupos más conservadores y violentos de Brasil.

Aciertos y desaciertos. De todo el proceso de auge del socialismo latinoamericano en las décadas recién pasadas, solo quedan en pie ante la historia Bolivia y Uruguay. En Bolivia, un régimen caudillista encabezado por Evo Morales (el primer presidente indígena en la historia de esa república tan indígena) ha logrado darle el período más prolongado de estabilidad política que Bolivia jamás haya tenido, construyendo una economía equilibrada y con excelentes tasas de crecimiento.

Por otra parte, en Uruguay, una enorme fortaleza institucional ha dado sustento a procesos de desarrollo económico de alta tecnología, diversificación de las exportaciones y exitosa redistribución del ingreso. Las aceleradas tasas de crecimiento económico con estabilidad monetaria han ido acompañadas de procesos democráticos intachables.

Si alguna figura individual de gran talla nos queda de esos años de nuevo socialismo en América Latina, es José Mujica, el político filósofo más notable de nuestra actualidad.

En la actual coyuntura, los gobiernos autoritarios de Venezuela y Nicaragua se debilitan a ojos vistas. Carcomidos por el clientelismo y la corrupción, se mantienen cada vez más gracias al apoyo de las bayonetas. Aislados diplomáticamente a pesar del respaldo de Rusia y China, parecieran encaminarse rápidamente hacia una confrontación directa con los Estados Unidos de Donald Trump.

Este otro populista (mucho mejor armado que Ortega y Maduro) está ávido de una victoria barata en su traspatio porque enfrentará unas elecciones en el 2020 y porque, en un mundo multipolar, quiere asegurarse la mayor reserva petrolera del mundo.

Cada vez más, la lucha ideológica en América Latina se transforma en una lucha geopolítica por recursos y posiciones estratégicas. A dos siglos de su independencia, los pueblos latinoamericanos parecen aún perdidos en el laberinto de sus pesadillas y sus esperanzas.

Miguel Sobrado es sociólogo y Gonzalo Ramírez Guier, economista.