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¿Sobrevivirá el populismo antieuropeísta a la guerra de Putin?

Después de años de división interna, los europeos se ven obligados a unirse contra un enemigo externo alarmante, como lo hicieron durante la Guerra Fría

La guerra del presidente ruso, Vladímir Putin, contra Ucrania es una tragedia enorme, sobre todo, para los ucranianos, pero también para la gente de Europa y todo el mundo.

Pero según indican las encuestas de opinión para la segunda vuelta de la elección presidencial que tendrá lugar en Francia el 24 de abril, si puede decirse que la barbarie rusa en Ucrania trajo algo bueno, es que al parecer la agresión de Putin está desprestigiando a sus simpatizantes y aliados en Occidente, y puede que dé nuevo ímpetu a la integración europea.

Es verdad que los populistas todavía pueden usar en provecho propio los padecimientos económicos que la crisis causa a la población europea. Tal parece la estrategia de la ultraderechista Marine Le Pen en su campaña por la presidencia francesa.

Los aumentos de precios en energía, materias primas y alimentos básicos pueden llevar la inflación en Europa a los dos dígitos por primera vez desde los años setenta.

Es posible que los niveles de vida en la Unión Europea reciban un golpe peor al sufrido tras la crisis económica mundial del 2008, cuando una muy deficiente respuesta europea provocó malestar en numerosos votantes.

Erosión de los afines a Putin

Estos desafíos pueden haber servido de sostén a Viktor Orbán, el autocrático primer ministro de Hungría. Orbán, un viejo aliado de Putin que ha manipulado sistemáticamente el sistema electoral de Hungría a su favor, se esforzó en aislar a los húngaros del encarecimiento de alimentos y combustibles; su partido Fidesz ganó la elección general de este mes por amplia mayoría, y Orbán obtuvo un cuarto mandato consecutivo.

Para que ese resultado no sea presagio de una tendencia más amplia, los gobiernos de la UE deben dar apoyo a las personas vulnerables, evitar medidas de austeridad prematuras, diversificar el suministro de energía y acelerar la inversión en tecnologías limpias de bajo costo.

La buena noticia es que, hasta ahora, las autoridades parecen decididas a hacer precisamente eso. Si lo logran, habrán hecho mucho por restaurar la confianza en las élites políticas y tecnocráticas de Europa.

También ayuda el hecho de que la guerra en Ucrania ha erosionado la credibilidad política de figuras que siempre se mostraron cercanas a Rusia y admiradoras de Putin.

Desde la invasión, populistas como Matteo Salvini en Italia y Nigel Farage en el Reino Unido han tenido que salir apresuradamente a distanciarse de Rusia. Incluso Orbán dijo tras su victoria electoral que estaba “reevaluando” sus estrechos vínculos con el país al que ahora considera un “adversario”.

Le Pen en caída

En la campaña para la primera vuelta de la elección presidencial de Francia, los dos principales candidatos de extrema derecha intentaron hacer lo mismo. Tras años de mantener estrechos vínculos con Putin y recibir una cantidad considerable de financiación de Rusia, Le Pen —candidata de Agrupación Nacional— declaró que la invasión a Ucrania era injustificable.

Éric Zemmour, de Reconquista, quien cierta vez dijo que soñaba con el equivalente francés de Putin, también se vio obligado a condenar la guerra.

Pero al parecer estas declaraciones no fueron suficientes. En la primera vuelta, los dos candidatos perdieron ante el presidente centrista Emmanuel Macron, que consiguió alrededor del 27,6% de los votos y parece encaminado a obtener la reelección en el balotaje de este mes contra Le Pen.

Aunque Le Pen alcanzó el 23% de los votos, su apoyo en las encuestas está en caída, conforme crecen las críticas a sus propuestas de distanciar a Francia de la OTAN y de la UE, y de buscar una relación más estrecha con Rusia.

Zemmour, por su parte, solo consiguió el 7%, y es posible que su postura en materia migratoria haya sido una de las principales razones.

Migrantes y política

Aunque muchos europeos siguen molestos por su pérdida —real o percibida— de ingresos o de estatus, o temen padecer una pérdida semejante (uno de los principales factores de apoyo al populismo), han hallado un nuevo sentido de compasión por los refugiados, chivos expiatorios favoritos de los populistas.

El apoyo a Zemmour —que antes de la invasión pisaba los talones a Le Pen en las encuestas de opinión— se derrumbó tras su rechazo público al ingreso de refugiados ucranianos.

Por supuesto que las simpatías europeas no son extensivas a todas las personas huidas de la violencia. Además, la voluntad de recibir refugiados ucranianos puede resultar limitada, sobre todo, si aumentaran los costos de la integración de los recién llegados.

Pero incluso si la nueva compasión de Europa hacia los refugiados resultara efímera, la amenaza de la Rusia de Putin persistirá. Esto desacredita otra creencia en la que siempre se han apoyado los populistas: la idea de que todo está mal.

Para los votantes de toda Europa occidental, la guerra de Ucrania fue un recordatorio de lo afortunados que son de vivir en países pacíficos, seguros y libres. Las democracias liberales europeas y el capitalismo no son perfectos, pero la cuestión es reformarlos, no desmantelarlos. Hasta la más defectuosa democracia europea es muy preferible a una autocracia.

Unidos contra el enemigo externo

En Europa central y del este, los que necesitaban el recordatorio fueron los gobiernos. En particular, parece que la quisquillosa administración populista de Polonia de pronto se ha dado cuenta de la seguridad que provee el hecho de pertenecer a la UE. Todo indica que la alianza informal de Polonia con Orbán contra Bruselas está rota.

Tras años de divisiones internas, los europeos se ven obligados a unirse contra un alarmante enemigo externo, como hicieron durante la Guerra Fría. La UE tiene ante sí una excelente oportunidad de demostrar lo que vale, coordinando esfuerzos colectivos en pos de mejorar su seguridad militar, energética y económica.

Si bien Estados Unidos seguirá siendo esencial para la defensa europea, la UE también tendrá que asumir una responsabilidad mayor por su propia seguridad, en particular, porque no hay garantías de que la dirigencia futura de los Estados Unidos mantenga el compromiso con la OTAN.

Para hacer avances en seguridad energética se necesitará un enorme esfuerzo colectivo en el sentido de buscar alternativas a los suministros rusos, aumentar la capacidad de almacenamiento de gas, tender redes de gasoductos paneuropeas y acelerar los esfuerzos de descarbonización liderados por la UE.

Y los gobiernos de la UE tendrán que lanzar una iniciativa conjunta para reforzar su seguridad económica, tomando como modelo el fondo de recuperación pospandemia Next Generation EU.

Abrieron los ojos

Josep Borrell, alto representante de la UE para asuntos exteriores y política de seguridad, señaló hace poco que la guerra de Putin es el nacimiento de la Europa geopolítica, y no se equivoca.

Esta vieja aspiración francesa se vio frustrada una y otra vez por el atlanticismo euroescéptico del Reino Unido (RU) y por el pacifismo mercantilista de Alemania. Pero el RU ya no es miembro de la UE, y Alemania está adoptando una postura estratégica más decidida.

Y, en un sentido más amplio, los europeos ahora ven con alarmante claridad cuál es la finalidad principal de la UE: protegerlos de amenazas como la Rusia de Putin.

Philippe Legrain, exasesor en temas económicos para la presidencia de la Comisión Europea, es investigador superior visitante en el Instituto Europeo de la London School of Economics.

© Project Syndicate 1995–2022

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