Nuria Marín Raventós. Hace 3 días

La confianza es esencial para el desarrollo y bienestar de la población, pues opera como oxígeno y motor en la toma de decisiones sobre el consumo y crecimiento económico. Si hay confianza, hay inversión, pues los empresarios emprenden negocios o amplían los existentes, lo cual aumenta las ventas. La suma de ambos factores crea un círculo virtuoso para la economía.

Si no existe confianza, no solo baja el consumo, que representa el 33 % de la economía, sino que también desalienta la inversión, y, consecuencia de ello, se pierden empleos y nos coloca en un círculo perverso que a toda costa debemos contrarrestar.

En los últimos 12 meses, la caída en la confianza ha sido alarmante, de un 45 en mayo del 2018 pasó a un 28,2 en noviembre, con un leve repunte en febrero, a un 34,8, para en mayo bajar a 33 puntos (Encuesta Trimestral de Confianza de la Escuela de Estadística de la UCR). Similar deterioro muestran los índices de condiciones económicas y de percepción de los consumidores sobre el futuro.

La desconfianza se alimenta y engrosa el descontento hacia el gobierno, cuyo desempeño fue calificado, en mayo, como pobre por más del 60 % de la población, preocupada, además, por el aumento del desempleo y la pobreza.

Aquí, retomo lo dicho por mi colega columnista Jorge Guardia, el martes pasado: las autoridades económicas contribuyeron a crear un clima de desconfianza al “exacerbar la situación fiscal e infundir temor”. Pasó de la necesaria justificación de la reforma, a generar un clima pesimista y de zozobra inconvenientes.

¿Cómo recuperar la confianza y la esperanza? Ese es el quid de la cuestión porque las acciones necesarias recaen en el Ejecutivo y, para ello, este debe dar un giro de 180 grados y demostrar un verdadero compromiso con la reactivación económica.

El sector productivo ha sido claro en sus necesidades y la hoja de ruta para la reactivación. Varias cámaras han presentado propuestas puntuales y solo falta voluntad política del más alto nivel que defina rumbo y prioridades a las instituciones para que incentiven y faciliten la inversión nacional y extranjera.

Todos debemos asumir nuestra responsabilidad, pues queremos cambiar el ánimo nacional y salvar esta maravillosa nave llamada Costa Rica.

La autora es politóloga.