Nuria Marín Raventós. 1 junio

En el pasado, he abordado un problema apremiante, como es la necesidad de llevar oportunidades y esperanza a los jóvenes entre los 15 y 24 años, que no estudian ni trabajan, conocidos como ninis, una realidad que afecta con fuerza a los países de América Latina, donde uno de cada cinco muchachos se encuentra en esta condición y ya suman 20 millones.

No obstante, me referiré hoy a otra clase de ninis, en un estado igualmente alarmante: los profesionales, quienes, habiendo dedicado largos años al estudio, muchas veces trabajando al mismo tiempo para costear su educación y asumiendo deudas, no encuentran un puesto en nuestro país.

Bautizados por este medio como “los 60.000 desalentados”, se trata de desempleados que renunciaron en este año a hacer más intentos por conseguir trabajo, después de enviar múltiples currículos, participar en ferias de empleo e ir a entrevistas. Todos sin resultados positivos. También supimos que Conape cerró el crédito a 36 profesiones, basándose en la evidencia de una sobreoferta de profesionales que por eso no encuentran una plaza, lo cual sería un obstáculo para la recuperación del dinero prestado.

En los últimos años, hemos visto empresa tras empresa trasladarse a otro país y, así, Costa Rica pierde centenares de puestos y el gobierno sigue cruzado de brazos en la agenda de mejorar la competitividad, desoyendo las peticiones del sector empresarial, el único capaz de generar los empleos y cadenas de valor necesarios.

Con un 13,4 % de desempleo y un 46,1 % de la población en la economía informal, es incomprensible entender cómo la Banca para el Desarrollo cuenta con unos $500 millones no desembolsados. Es paradójico que exista el dinero, pero los obstáculos y la obsesión de este país por los trámites y permisos, la mayor parte de las veces fútiles, hacen imposible aprovechar tanto talento humano capaz.

Empleo y más empleo es lo que el país necesita, y, para ello, debemos animarnos a romper paradigmas como, por ejemplo, crear puentes de intercambio de nuestros profesionales desempleados con otros países, a cambio de profesores de inglés que ayuden a elevar el nivel de nuestro cuerpo docente en ese idioma. Una idea sencilla, fácil de concretar y que mejoraría la empleabilidad de nuestro talento.

La autora es politóloga.