Nuria Marín Raventós. 17 marzo, 2018

Hace cinco años, el mundo era testigo de dos nuevos acontecimientos en la Iglesia católica: un Papa dejaba su cargo por razones de edad y salud, Benedicto XVI, y se nombraba por primera vez a un latinoamericano obispo de Roma.

Jorge Mario Bergoglio, cardenal argentino de pensamiento moderno, férreo contra la pobreza, amante del fútbol y destacado detractor de la opresión y la corrupción en su país, simbólicamente, escogía el nombre Francisco I y una vida de austeridad muy diferente a la de sus antecesores.

Con pocas manifestaciones, Francisco se ha ganado el respeto del mundo

Desde un inicio, marcó la diferencia con sus primeras acciones, sencillas, pero simbólicas, al viajar en el mismo vehículo que el resto de los cardenales y ubicar su nueva residencia con ellos, la Casa Santa Marta.

Con pocas manifestaciones, Francisco se ha ganado el respeto del mundo, no solo de quienes somos católicos, sino, además, de muchas otras congregaciones y personas. Su llegada ha significado un cambio importantísimo para modernizar conceptos y promover una nueva visión. Basta con ver su abordaje de inclusión a los divorciados vueltos a casar.

También ha destacado por la firmeza se sus actuaciones frente a comportamientos indecorosos de miembros del clero, sancionando a los cuestionados, disculpándose frente a las víctimas y propiciando la cero tolerancia. Su reciente visita a Chile, así lo demuestra. Deben reconocerse sus decisiones de control sobre las finanzas vaticanas.

Su segunda encíclica Laudato si aborda temas de enorme actualidad como la protección del medioambiente y la Madre Tierra, “casa común” que debemos proteger frente al cambio climático.

Resulta curioso que luego de un lustro en el cargo y varias visitas a América Latina, no haya ido a Argentina. Se especulaba que era por su distancia con Cristina Fernández, ahora, por las posiciones neoliberales de Macri. El Papa ha sido esquivo en explicar, pero no regresar a su país resalta el recuerdo e impacto de la primera visita de Juan Pablo II a su natal Polonia.

Sin duda, el mundo y la Iglesia católica requerían de esa nueva inspiración y del cambio que promueve su santidad. Su llegada y su pensamiento han sido oportunos y convenientes; su voz frente a la guerra, el materialismo, el capitalismo sin conciencia social y la corrupción, debe seguir calando en la humanidad.