Columnistas

Riesgos económicos latentes en el 2022

La pandemia, la inflación y la incertidumbre electoral podrían convertirse en un coctel complicado

Muchos teníamos la esperanza de que con el cambio de año la pandemia y la incertidumbre económica origina por ella hubieran quedado atrás. Lamentablemente, surgió una nueva variante (ómicron) que, aunque aparentemente es menos letal, es más contagiosa.

En no pocos países reanudaron las restricciones a la movilidad y no sería sorprendente que nuestras autoridades también lo hagan pronto, si el número de contagios sigue aumentando al ritmo agigantado con que lo ha venido haciendo durante las últimas semanas.

Será hasta que el virus deje de constituir una significativa amenaza latente que las distintas actividades económicas y empresariales terminen por recuperarse.

Dada la dificultad de vacunar a grandes segmentos de la población, incluso en algunos países desarrollados, y la posibilidad de que surjan nuevas variantes del SARS-CoV-2, da la impresión de que, nos guste o no, la covid-19 seguirá representando un lastre para la economía mundial —y la costarricense— durante buena parte del 2022.

Otro factor de riesgo e incertidumbre para la economía en el 2022 es el ritmo de inflación internacional que se ha generado en los últimos meses. En Estados Unidos, por ejemplo, la inflación reportada en el 2021 fue del 6,8%, la más alta desde 1982 (casi cuarenta años).

En nuestro país, la inflación ha venido en aumento sostenido a lo largo de los últimos meses hasta llegar a ubicarse en el 3,30% en el 2021 (la más alta en los últimos siete años).

Los datos sobre inflación elevada y sostenida han llevado a muchos bancos centrales a reevaluar sus políticas monetarias extraordinariamente laxas, entre ellos, la Reserva Federal en Estados Unidos, el de Japón (BOJ), el Reino Unido (BOE), Australia (BOA), Rusia, México e incluso el costarricense, que ya incrementó las tasas de interés de referencia con el claro objetivo de evitar que la inflación se salga de control.

Lidiar con un ambiente de mayor inflación no será fácil. Hasta el momento, muchos parecen creer que, mediante el uso atinado y a tiempo de sus herramientas de política monetaria, los bancos centrales lograrán mantener la inflación bajo control.

Existe, sin embargo, una escuela de pensamiento económico que argumenta que los bancos centrales no son capaces de conocer y anticipar con suficiente detalle y exactitud el funcionamiento de los distintos agentes económicos y mercados, de tal suerte que no es cierto que posean la habilidad de afinar y calibrar sus políticas monetarias con suficiente precisión y finura para estar seguros de que lograrán los resultados deseados.

Milton Friedman, quizá el mayor exponente de esa escuela de pensamiento económico, argumentaba que la evidencia histórica demuestra que las intervenciones de las autoridades monetarias en la economía producen más daño que bien en la mayoría de los casos.

Ojalá el desempeño de la economía mundial en los próximos meses y años no termine por confirmar los argumentos de Friedman y sus discípulos. Pero no podemos dejar de tomar en cuenta que las mismas autoridades monetarias, que durante meses nos dijeron que no nos preocupáramos por la inflación, porque era claramente efímera, son las que esperamos que con movimientos en las tasas de interés relativamente pequeñas y hasta quizás tímidas, comparadas con los datos de incremento en los precios recientemente reportados, consigan aplanar la curva de inflación con que comenzó el 2022.

En cuanto a Costa Rica, por ser una economía abierta, una elevada inflación internacional se trasladará con relativa rapidez a los precios locales. Eso, aunado a la debilidad fiscal del país, podría poner creciente presión sobre las tasas de interés —en términos nominales, pero quizás más significativamente, en las tasas reales—, sobre las expectativas de inflación en la población en general y, eventualmente, en el tipo de cambio. Todo eso podría convertirse en un coctel complicado, especialmente en un año electoral.

Y es precisamente en el hecho de que este es un año electoral que radica otro riesgo de gran significancia para la economía doméstica. En plena campaña, es evidente la fragmentación del panorama político, que muy probablemente nos llevará a una segunda ronda.

La incertidumbre en el ambiente económico que una segunda ronda ha generado en elecciones anteriores ha sido más que perceptible, y no hay por qué anticipar que esta vez será diferente. Además, quienquiera que logre adueñarse de la silla presidencial probablemente encarará una situación fiscal muy compleja durante el 2022.

Para comenzar, la aprobación de los proyectos de ley y las reformas asociadas al acuerdo pactado con el FMI se ha retrasado bastantes meses ya. Infortunadamente, la consumación del acuerdo de apoyo fiscal para el país no está completamente segura, así como tampoco la (inusual, diría yo) paciencia que el FMI ha mostrado al país hasta el momento.

Por otra parte, no sería de extrañar que la nueva administración encuentre las arcas vacías y un presupuesto aprobado en una legislatura anterior que no necesariamente le permita destinar los escasos recursos con los que todavía pueda contar de la manera socialmente más rentable y de acuerdo con las prioridades más urgentes.

Ante ese panorama, y aunque posiblemente no lo podamos creer, tampoco sería de extrañar que la nueva administración comience a hablar de la necesidad de una nueva reforma fiscal (¡la que hace falta y la que ahora sí terminará de solucionar el problema del déficit de una vez y para siempre, por supuesto!).

Habrá que estar atentos a la evolución de estos riesgos. Siendo optimista, ojalá la covid-19 finalmente se vuelva endémica, que la inflación internacional sea controlada por los bancos centrales del planeta y que el proceso electoral costarricense y el consecuente cambio de administración no resulten tan traumáticos. Crucemos los dedos y esperemos que así sea.

mauricio.jenkins@incae.edu

El autor es profesor en el Incae.

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