Jorge Guardia. 17 agosto

Me pidieron externar opinión sobre la abrupta caída de algunas monedas en el mundo y la volatilidad de las bolsas de valores en varios países; también, responder algunas preguntas claves: ¿Cabría esperar algún contagio de la lira y el peso a otras monedas y, en particular, el colón? ¿Cuáles son las causas de este remezón? ¿Será señal de que la recuperación económica mundial está llegando a su final? Resumimos la respuesta en hechos, causas y efectos.

Hechos. Partimos, como diría la Superintendencia General de Entidades Financieras (Sugef), de un hecho relevante: tras la crisis financiera del 2008, la economía mundial ha venido experimentando una constante expansión (10 años), débil al inicio, pero más acelerada en los últimos años.

En Estados Unidos, las bolsas remontaron notoriamente: el Dow Jones subió de 9.000 pts. de enero del 2009 a más de 25.500 pts. a hoy (viernes 17 de agosto); el Standard and Poor’s experimentó una subida similar y el índice Nasdaq se triplicó, especialmente desde el 2016.

Aunque el plan fiscal presentado por el gobierno a la Asamblea no es el más certero, creo que lo más inteligente para la oposición es aprobarlo lo más pronto posible

La expansión refleja otros hechos relevantes: mayor crecimiento del PIB (3 % real en el 2018), caída del desempleo (3,9 %), aumento del salario real, mejora de la confianza y gasto de los consumidores y mayor inversión motivada por la reducción de impuestos y desregulación. La solidez de la economía de Estados Unidos fortaleció el dólar frente a otras monedas.

Causas. En los días previos al 16 de agosto, sin embargo, vimos la abrupta caída de ciertas monedas de países emergentes, especialmente en Turquía y Argentina, lo cual causó preocupación de contagio entre inversionistas alrededor del mundo. Las bolsas en varios países se volvieron más volátiles y, algunas, mostraron caídas durante varios días consecutivos. El refugio natural de muchos fue el dólar.

A ello se sumó la guerra comercial desatada por el gobierno estadounidense, especialmente contra China, cuyos efectos comenzaron a sentirse en el precio de muchos insumos. Eso atizó la incertidumbre y volatilidad bursátil y la caída de otras monedas, como el yuan chino y la rupia india, junto con la normalización de la política monetaria de la Fed iniciada meses atrás.

Algunos agregaron que la expansión de la economía estadounidense tenía ya 10 años (ciclo expansivo) y era hora de mostrar alguna ralentización. Pero un análisis realizado recientemente por el Wall Street Journal reveló que la mayoría de los economistas consultados no esperaban una recesión antes del 2020.

Ante ese panorama, los analistas se dieron a la tarea de desmenuzar a fondo las causas del remezón para tratar de constatar si en verdad era el fin de la expansión mundial con graves consecuencias para todos, especialmente los países emergentes y en desarrollo.

Obviamente, no consulté todas sus declaraciones, pero las aparecidas en los medios que me merecen más credibilidad —Wall Street Journal y The Economist, entre otros— coinciden en lo siguiente: la depreciación en Turquía tiene raíces propias: una macroeconomía mal manejada, con creciente déficit fiscal y de balanza de pagos, alta inflación, desaliento a la producción real y una reticente actitud contraria a ajustar las tasas de interés (por razones religiosas e ideológicas) en detrimento del ahorro en moneda nacional, desalentar la inflación y dejar a las fuerzas del mercado determinar el valor de la moneda (más bien introdujo restricciones que podrían aliviar temporalmente las cotizaciones, sin atacar las causas).

Además, el gobierno autócrata y arbitrario de Recep Tagyyip Erdogan causa temor entre los inversionistas (buscan refugio monetario fuera del país), y su empecinada decisión de no soltar a un rehén estadounidense acusado injustamente de terrorista le valió la enemistad de Trump y se hizo acreedor de nuevas sanciones que contribuyeron al desplome cambiario.

Como afirma el Wall Street Journal, las posibilidades de contagio (efecto sultán) a los países con macroeconomías sanas son muy limitadas.

Otra realidad. Argentina es un caso distinto. Macri heredó una economía con un gran desbalance macro y, aunque ha tratado de enfrentar las causas del desequilibrio, la oposición ha torpedeado muchas reformas y los resultados aún no se ven.

La inflación es alta, persiste un alto déficit comercial y el peso se ha depreciado. Pero en vez de actuar de manera populista, como Erdogan, hizo varias acciones positivas: un acuerdo con el FMI ($30.000 millones) de apoyo a la balanza de pagos a cambio de fortalecer las finanzas públicas y adoptar otras medidas necesarias. Además, subió las tasas de interés (de 40 % a 45 % ante una inflación que ronda el 30 % anual) para estabilizar la moneda.

La esperanza es que el país salga adelante con esas medidas (junto con otras de carácter estructural) y logre controlar los efectos del desequilibrio. En esa tesitura, y observando que el problema es muy puntual, tampoco se visualiza un contagio (efecto tango).

Esa percepción de limitados contagios monetarios pareció calar en las bolsas de Nueva York. El jueves pasado, tras varios días de caídas, todos los índices accionarios reaccionaron fuertemente al alza (el Dow Jones subió 1,59 %, el más alto en los últimos cuatro meses) y la calma renació, al menos por ahora.

En el alza también influyó la buena lectura de las utilidades de las empresas, anuncios de progreso en el TLCAN y que una misión de China visitará Washington para reanudar negociaciones comerciales con el Tío Sam.

Efectos. En ese complejo escenario mundial, ¿dónde quedamos nosotros? La buena noticia es que las causas del remezón fueron muy específicas y, por lo tanto, pasajeras, por lo cual no cabría esperar el descarrilamiento de la economía mundial (al menos hasta el 2020) ni contagio a otras naciones; la no tan buena es que Costa Rica, aunque mantiene buenos índices inflacionario y cambiario (reservas), tiene un moderado déficit de balanza de pagos, goza de un crecimiento aceptable (3 %) y subió tasas de interés (si no lo hiciera, el ahorro merma y el tipo de cambio se desploma), mantiene un alto déficit fiscal. Si no se arregla pronto, podría desembocar en una crisis.

Yo sigo optimista. Aunque el plan fiscal presentado por el gobierno a la Asamblea no es el más certero, creo que lo más inteligente para la oposición es aprobarlo lo más pronto posible. ¿Por qué? Tres razones: si no lo aprueban y sobreviene una crisis, les echarán la culpa; si lo aprueban y se evita una crisis, podrán reclamar méritos; y, la más importante, salir de una vez por todas del (manoseado) paquete de impuestos.

A partir de ahí, podrán responsabilizar exclusivamente al gobierno si los resultados no son suficientes y podrán exigir con firmeza la prometida reducción de gastos hasta lograr estabilizar la deuda, racionalizar el gasto y privilegiar la inversión. Estratégicamente, ubicarían la bola en la cancha oficial.

El autor es economista.