Fernando Zamora. 22 diciembre, 2017

Celebramos un aniversario más del misterio de la Navidad. Para el alma desapercibida, la Navidad simplemente es momento de escape festivo; para la reflexiva, la Navidad confronta. Y lo hace escandalosamente, pues como bien lo observó Pablo de Tarso, ¿no fue acaso escandaloso para los judíos el hecho de que el grandioso y esperado Mesías naciera pobre y atribulado en el lugar destinado al descanso del rebaño? No perdamos la perspectiva del asunto esencial: lo que en la Nochebuena festejamos es un acontecimiento. No celebramos una religión, ni una filosofía; menos aún una doctrina moral. Posicionándonos en el siglo primero de nuestra era, época en la cual nació y vivió Jesús de Nazaret, somos confrontados con una cuestión cardinal: ¿Qué sucedió en el itinerario de vida de aquellos que, siendo testigos de los hechos que rodearon al Nazareno, concluyeron de forma tan determinante que verdaderamente era el hijo de Dios, al punto de preferir morir martirizados todos, antes que negar que lo vieron resucitado?

02/12/2017 Foto: Rafael Pacheco
02/12/2017 Foto: Rafael Pacheco

¿Qué pasó en la vida, en la razón y en el corazón de aquella comunidad de hombres y mujeres, quienes llegaron a esa conclusión porque “vieron”? Lo que resulta claro, según los datos que nos proporcionan los Evangelios, es que ellos se convencieron gradualmente conforme fueron contemplando. Llegaron a esa convicción, no por otra cosa, sino por lo que testificaron. No por casualidad, el verbo más usado en los Evangelios es uno: ver.

Ese verbo se usa cien veces en el Evangelio escrito por Mateo y 220 en el escrito por Juan. Lo indispensable en este punto es entender el contexto de la Palestina entonces ocupada por Roma; sus discípulos eran hombres forjados en entornos muy rudos. Ya sea para Pedro, para Tomás, o aún más para el exguerrillero Simón, el Zelote, no contaba una romántica disquisición de ideas, sino únicamente lo que habían “visto” y “tocado”. “Lo que hemos visto con nuestros ojos (…) eso es lo que os comunicamos” (1Juan1:1-3).

Descripción. Lo que la Navidad originalmente anuncia se desarrolla en cuatro libros. Pese a que estos dan fe de pasajes de la obra del más importante hombre de la historia humana, ninguno de ellos es una “biografía” o una obra de historiografía. Menos aún libros de religión, ni tampoco textos que metódicamente expongan nociones de fe. Ninguno es teología, ni escritos teóricos, ni nada que se parezca.

Sin ser historiadores de oficio, se limitaron a describir con rigor aquello de lo que, por ser testigos, dan noticia fidedigna. Aún más interesante es saber que no existe testimonio que deje constancia de que Jesucristo haya escrito nada, ni de que ordenase escribir sus enseñanzas, o registrar sus prodigios.

Por el contrario, en múltiples ocasiones les pidió discreción. Su mandato era que sus discípulos vivieran coherentemente sus enseñanzas. De ahí que los Evangelios son un fenómeno literario único. El erudito Aurelio Fernández nos advertía que si se viese forzado a encasillar los Evangelios en una técnica literaria, tendría que indicar que son algo cercano a una crónica periodística.

Ahora bien, a partir del mensaje contenido en ellas, está vigente la pregunta que hace casi dos siglos se hiciera Dostoyevski: “Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer en la divinidad de Jesucristo?”.

La pregunta nos recuerda el desafío ante el que se haya la fe cristiana en el mundo contemporáneo. Siendo que es una vivencia absolutamente personal, yo no puedo responder la pregunta a partir de mi experiencia íntima de fe, por lo que ensayaré mi opinión a partir de algunos elementos de la razón intelectual.

Creo que hay dos preguntas indispensables de responder, en el afán de estimar razonable el grandioso mensaje de la Navidad.

Creación. La primera cuestión es contestar si es razonable la idea de que la creación tiene un autor. Veamos. En tanto ha resultado demostrado por la ciencia que el universo no es autocontenido, sino que tuvo inicio, la única forma de que neguemos la existencia de Dios creador es creyendo que el universo se autocreó.

Para ello, entonces, el universo tendría que ser antes de existir y al mismo tiempo no ser. Para que algo se cree a sí mismo, siendo su propio efecto y a su vez su propia causa, tendría que “existir antes de existir”.

El problema es que, para razonar tal cosa, debe violarse la ley lógica de la no contradicción. Aristóteles nos advertía que la ley de la no contradicción declara que es imposible que atributos contrarios puedan pertenecer a la misma cosa simultáneamente. Con lo cual la superstición de los materialistas de que el universo es autocreado, viola la ley de no contradicción en su propia raíz.

Así, resulta razonable rechazar la idea de que el universo que conocemos se creó a sí mismo, para dar paso a la idea del Creador, cuyos esperables atributos puedan ser autoexistente, eterno y cuya omnipotencia permita que, por sí solo, Él sea causa de todo.

Siendo razonable la idea de que la vida es la creación de un autor, la segunda cuestión es contestar si, además, resulta razonable creer que ese Creador haya decidido revelarse a su creación, tomando forma de hombre.

Veamos. Está claro que hay dos realidades primarias que delatan los atributos de Dios: por una parte, la portentosa majestad de la naturaleza testifica la grandeza de su Creador, y, por otra, la realidad de un “derecho natural” escrito en la conciencia de todo ser humano; esa voz interior que nos lleva hacia lo correcto, mientras no decidamos silenciar ni cauterizar nuestra conciencia.

Al mejor decir de Pablo, “mostrando la obra de la ley escrita en nuestros corazones, nuestras conciencias dando testimonio y nuestros pensamientos acusándonos unas veces y otras defendiéndonos”.

Pues bien, la Navidad celebra la convicción cristiana de que es razonable creer que existe una tercera forma en la que Dios se reveló al mundo, mediante la cual se encarnó y habitó entre nosotros, con el propósito de revelarse en su atributo principal: el amor.

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Al fin y al cabo, la fuerza cardinal del mensaje de esta noche navideña es que Él no se encarnó para condenar al mundo, sino para salvarlo. Pues de tal manera lo amó, que entregó a su unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda, mas tenga vida eterna.

Ese es el ideal con el que, si somos humildes, seremos confrontados en la Nochebuena. Por eso Julián Carrón nos recuerda que el alma que podemos llamar cristiana es aquella que se abre a todo lo que es razonable, que ha creado ella misma la audacia de la razón y la libertad de una razón crítica, pero sigue anclada en las raíces que dieron origen a Occidente, construyéndolo sobre los grandes valores y las grandes intuiciones. La visión, pues, de la fe.

fzamora@abogados.or.cr

El autor es abogado constitucionalista.