Eduardo Ulibarri. 16 agosto

Ambas iniciativas fueron inéditas. Que se produjeran el mismo día las hizo excepcionales, y revela un sentido de amenaza real. Ayer, por primera vez en la historia, casi 300 periódicos y un número indeterminado de estaciones de radio y televisión estadounidenses difundieron editoriales en defensa de la libertad de expresión. El Senado, por su parte, aprobó una declaración unánime con esta primera frase resolutiva: “La prensa no es un enemigo del pueblo”.

La incomodidad de los poderosos con la independencia y el escrutinio periodísticos y el ejercicio general de la libertad de expresión es señal de vitalidad democrática

¿Por qué fue necesario llegar a este dramatismo en el primer país del mundo que dio a la libertad de prensa arraigo constitucional, que la ha ampliado y consolidado sin cesar, que la ha respetado desde todas las instancias públicas y que, con razón, es considerado un faro en la materia? Presumo que adivinaron la respuesta. Se llama Donald Trump.

La incomodidad de los poderosos con la independencia y el escrutinio periodísticos y el ejercicio general de la libertad de expresión es señal de vitalidad democrática. Lo contrario indicaría una renuncia a la autonomía y función cívica de los medios. Pero cuando la más alta autoridad pública —el presidente— acude de manera sistemática a los insultos y la exclusión de reporteros independientes, el impulso público de la hostilidad hacia ellos, las etiquetas falsas y hasta el señalamiento de la prensa como “enemigo del pueblo”, pasamos a otro terreno: el de la agresión.

Tales han sido el discurso y las acciones de Trump desde que, el 17 de febrero del 2017, lanzó su primer tuit contra los “medios falsos” (fake news media) y los etiquetó como enemigos. Desde entonces, ha escalado el tono y la crudeza de sus diatribas, hasta normalizar un peligroso discurso de odio del que solo se salvan las cajas de resonancia cómplices, como Fox News.

La fortaleza institucional estadounidense, junto con el vigor de su periodismo independiente, pueden neutralizarlo en parte. De ello tuvimos ayer sólida prueba. Pero en países con instituciones más débiles y gobernantes igualmente, o aún más autocráticos, el efecto demostrativo de los ataques contra los medios libres en Estados Unidos puede ser demoledor y conducir a la incitación y legitimación de agresiones aún peores. Por desgracia, en este, como en muchos otros campos, la destructividad de Trump no conoce fronteras.

Twitter: @eduardoulibarr1

Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).