Eduardo Ulibarri. 13 septiembre

General y nacional no ha sido; indefinida, difícilmente será. Lo que comenzó el lunes es otro tipo de huelga. Primero, se reduce al Estado; segundo, su real impacto laboral solo abarca dos ámbitos clave: salud y educación. Pero ni siquiera en estos la paralización es generalizada. El grueso del sector público mantiene su actividad, lo mismo que la totalidad del privado.

Sin embargo, basta una “vanguardia” (o pandilla) violenta para alterar el orden y dar la impresión de caos

Es decir, en la dimensión trabajo, tan importante para nuestra identidad que la celebramos en el Himno Nacional, el movimiento ha sido débil. ¿Cómo compensar esta falencia? Hay una respuesta fácil: alterando otro valor que se entona casi al unísono: la paz. De eso se han tratado los bloqueos al transporte, combustibles o suministro de hospitales; el vandalismo selectivo; alguna que otra quema; las agresiones a policías y periodistas, y, como colofón, el discurso de que el país padece una confrontación social. Falso.

El actual recurso a la violencia, pasiva o activa, es una hidra con dos cabezas. La primera actúa para dar la impresión de que la adhesión al movimiento rebasa la realidad. La segunda grita y agita fantasmas, para hacernos creer que el gobierno reprime sin pausa, la paz nacional peligra y, por tanto, la única forma de restaurarla es diciéndole sí a las pretensiones de los dirigentes sindicales. Y estas son tan absurdas como retirar de la corriente legislativa –para rehacerlo a su gusto– un plan fiscal inevitable, producto de más de una década de diálogos y negociaciones. Es decir, una receta de más parálisis e iguales privilegios y, como resultado, el colapso económico, del que nadie se salvará.

Presumo que muchos funcionarios públicos lo saben; de aquí el modesto apoyo al paro. Sin embargo, basta una “vanguardia” (o pandilla) violenta para alterar el orden y dar la impresión de caos.

Confío en que los sectores políticos, económicos y sociales responsables (hasta ahora mayoría) y, sobre todo, el gobierno, entiendan esta táctica de quienes controlan el movimiento, y actúen en consecuencia. Por un lado, deben mantenerse firmes ante las exigencias inaceptables y la violencia; por otro, ser prudentes para no exacerbarlas y garantizar las libertades públicas. Mientras tanto, el gran tema, que es la reforma fiscal, debe seguir su curso. Frenarla sería suicida.

radarcostarica@gmail.com; @eduardoulibarr1

Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).