Eduardo Ulibarri. 30 agosto

Arde la Amazonia, gran “pulmón del mundo”. Pero no solo ella. Arde la Chiquitania, en Bolivia. Arde la cuenca del río Congo, en África central, segunda zona boscosa tropical más grande del mundo. Y también arden, o lo han hecho recientemente, enormes zonas en Siberia, islas Canarias, Filipinas, Alaska y Groenlandia.

El incendio de la Amazonia generó el mayor interés y repudio global no solo por su tamaño. También incidieron el truculento mensaje antiambientalista del presidente, Jair Bolsonaro; el conflicto diplomático-personal con su contraparte francesa, Emmanuel Macron; y que el G7, grupo de las siete mayores democracias industrializadas del mundo, debatiera el tema en su reciente cumbre de Biarritz. Pero el alcance global del problema se debe a razones más profundas: prácticas agrícolas cortoplacistas, negación de la evidencia científica, populismo y los palpables efectos del calentamiento global, con su secuela de sequías más prolongadas y temperaturas más altas.

Nadie en su sano juicio puede acusar a Bolsonaro de estimular deliberadamente las quemas. Pero es un hecho que su abandono de políticas ambientales responsables y el impulso a una agricultura extensiva fueron detonantes de los incendios. Lo mismo ocurre en Bolivia con Evo Morales, quien contradice su mensaje de Pachamama con permisos para sustituir bosques con siembras, sin considerar su impacto. Y la situación se repite en otros países tropicales. En muchos de ellos, como Brasil y Bolivia (no olvidemos Costa Rica), los agricultores usan el fuego para “limpiar” tierras, sus llamas se extienden a los bosques, generan más destrucción, que incrementa el calentamiento global, el cual reduce o vulnera aún más los bosques… y el círculo vicioso continúa. ¿Sin fin?

Hablar de una emergencia global no es fantasía, sino realismo. Para afrontarla, no bastan sermones o “buenas acciones” puntuales. Es urgente estructurar, en niveles múltiples, una mezcla de estímulos hacia las buenas políticas, sanciones inteligentes por las irresponsabilidades y formas de cooperación a largo plazo. Y, por supuesto, denunciar a los culpables. Pero lo peor es que las cúpulas políticas se enfrasquen en “incendios” diplomáticos que, lejos de frenar, pueden estimular los reales. Su deber es actuar estratégicamente.

Twitter: @eduardoulibarr1

El autor es periodista.