Eduardo Ulibarri. 3 septiembre

En dos meses llegaremos al “día después” de las elecciones estadounidenses. Me temo que, en el mejor de los casos, estará plagado de incertidumbre; en el peor, se agregarán grandes turbulencias. La incertidumbre vendrá si los resultados preliminares de algunos estados son muy cerrados al amanecer del 4 de noviembre y aún está pendiente el conteo de sus votos postales; las turbulencias si, ante esa eventualidad, o su eventual derrota, Donald Trump cuestiona el desenlace, emprende acciones judiciales masivas contra el conteo o, más grave aún, denuncia un “fraude”.

Lo anterior difícilmente ocurrirá si su contendor demócrata, Joe Biden, pierde, o triunfa de manera apabullante. Pero como su victoria, muy posible, difícilmente será épica, no podemos descartar un período de gran inestabilidad poselectoral, que podría derivar en una crisis legal —y hasta constitucional—, rodeada por amagos de violencia urbana. El disputado triunfo de George W. Bush sobre Al Gore, en el 2000, finalmente fue resuelto por la Corte Suprema, en medio de dudas, pero con serenidad y certeza institucional. Ahora, sin embargo, los tiempos políticos son otros, y más peligrosos.

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Hasta ayer, las encuestas mostraban una sólida ventaja de Biden, tanto en los agregados nacionales como en los estados clave para ganar. Me refiero a aquellos que no pueden calificarse como inevitablemente demócratas o republicanos, y que Trump capturó en el 2016; particularmente, Arizona, Florida, Michigan, Ohio, Pensilvania y Wisconsin. Con apenas algunos de ellos, Biden lograría suficientes votos electorales (que varían en función de las poblaciones estatales) para triunfar el primer martes de noviembre.

Aunque en dos meses pueden surgir hechos de impacto que favorezcan a Trump —un repunte económico o una vacuna contra la covid-19 capaz de aplicarse de inmediato, por ejemplo—, también puede ser a la inversa. Él lo sabe; por esto, se ha dedicado a sembrar dudas sobre la integridad del proceso, a gritar fraude donde es imposible que lo haya, a inventar teorías conspirativas y hasta a condonar grupos violentos.

¿Fanfarronada, o deliberada preparación del terreno para deslegitimar un resultado adverso? Deseo que se trate de lo primero, pero en las circunstancias actuales, lo peor es muy posible.

Twitter: @eduardoulibarr1