Eduardo Ulibarri. 7 febrero

El curso lectivo del 2019 se abrió, el miércoles, con una dualidad inédita. En su anverso, los estimulantes propósitos, expectativas y esperanzas de estudiantes, educadores y padres. En su reverso, los coletazos diferidos de una huelga que, por su naturaleza y extensión, no solo afectó la fluidez del inicio, sino también los cimientos mismos del proceso educativo: credibilidad, responsabilidad, empatía y confianza mutua entre sus partes.

¿Será posible restaurar y, ojalá, mejorar este contrato implícito, del que dependen el bienestar presente y las oportunidades futuras de tantos niños y jóvenes? La respuesta instintiva quizá sea no. Sin embargo, veo posible convertir esta crisis en oportunidad para el cambio (perdón si suena trillado), y responder que sí. Para esto, percibo tres frentes clave.

¿Será posible restaurar y, ojalá, mejorar este contrato implícito, del que dependen el bienestar presente y las oportunidades futuras de tantos niños y jóvenes?

Primero, el legislativo. Aunque algunos dirigentes gremiales desdeñen el derecho a la educación y renieguen de ella como servicio esencial, sobran los argumentos lógicos y legales para demostrar que sí lo es. Mejor aún, todo indica que estos criterios se incorporarán al proyecto de ley para regular las huelgas en servicios públicos. Y si, como parece, se aprueba, ya no será posible el uso de paros interminables e impunes para obtener beneficios.

Segundo, el frente ministerial. El jerarca del MEP, Edgar Mora, que ya pasó por donde asustan, expresó el miércoles su determinación de medir el desempeño docente. Aún no ha puesto músculos al esqueleto de su idea, y espero que no se limite a que los estudiantes participen en la evaluación (algo sobre lo que tengo dudas). La clave es aplicar regularmente instrumentos para medir conocimientos y habilidades de los educadores y vincular los beneficios a resultados, como ocurre en tantos países.

No olvidemos el frente familiar. La inmensa mayoría de los padres y las madres están comprometidos y comprometidas con la buena educación de sus hijos. Pero también la gran mayoría la asume como una tarea individual y eluden un deber paralelo: impulsar la excelencia del sistema; es decir, de cada educador, cada escuela y cada colegio. De este compromiso dependerá, en buena medida, el impulso social para un cambio educativo más profundo. Quizá la huelga lo haya logrado. Sería un efecto secundario de gran valía.

Twitter: @eduardoulibarr1

El autor es periodista.