Eduardo Ulibarri. 3 enero

Con tanto tiempo transcurrido, tanto poder concentrado, tantas victorias proclamadas, tantas consignas impuestas y tanta gente expulsada o reprimida, ¿qué debería celebrar a sus 60 años esa entelequia aún conocida como Revolución cubana? Según su “lógica” interna, al menos un país moderno, equitativo, saludable, inclusivo, progresista, abierto, entusiasta y productivo. No añado con libertades individuales y políticas porque ni siquiera forman parte de su retórica.

Pero el balance ha sido muy distinto.

Es el fracaso puro y duro, que las fachadas de “logros” asentados en la regimentación ciudadana, la manipulación estadística y los ímpetus pasados no pueden ocultar

Lo que exhibe hoy el régimen, capturado por una cúpula fosilizada, es algo distinto: una sociedad carcomida hasta sus más profundos cimientos, empobrecida, desarticulada, desconfiada, detenida en su innata energía creativa e innovadora, atrapada por reglas absurdas, crónicamente vigilada, económicamente descapitalizada y dependiente de pagadores externos: la fenecida Unión Soviética primero, la decadente Venezuela ahora.

Solo así el grupo dirigente ha podido sortear los descalabros generados por su incompetente y brutal dogmatismo, y mantener el aparato represivo que, sin embargo, parece cada vez más débil. Es el fracaso puro y duro, que las fachadas de “logros” asentados en la regimentación ciudadana, la manipulación estadística y los ímpetus pasados no pueden ocultar. Su pregón se ha convertido en un estribillo patético.

El “hombre nuevo” antes proclamado, y hoy ausente del discurso, se sumergió en una bipolaridad generacional que el escritor Leonardo Padura captura lúcidamente en su novela Herejes. Para quienes impulsaron el proceso, el país cada vez se hizo “más real y más duro, y ellos se tornaron más desencantados y cínicos”. Y los siguió otro grupo, “supurado por la realidad del medio ambiente: ajeno a la política, adicto al disfrute ostentoso de la vida, portador de una moral utilitaria”. Un saldo de vacío, alienación e individualismo extremos, generador de desarticulación social y parálisis política.

Fuera de esta síntesis literaria de Padura, muchos otros cubanos alimentan ímpetus y esperanzas de un mejor futuro colectivo. ¿Lograrán imponerse a corto plazo sobre el inmovilismo e impulsar cambios reales, o sucumbirán ante el desencanto y la represión? No me atrevo a pronosticar. Confío en que suceda lo primero.

Twitter: @eduardoulibarr1

Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).