Eduardo Ulibarri. 27 junio

La violencia es un producto extremo de la crispación. A veces surge de forma espontánea, en coyunturas de alto contenido emocional; otras, producto de acciones deliberadas que trascienden el “desahogo” inmediato. La explosión de un cuarto de dinamita en la Presidencia, como parte de los actos de violencia callejera del martes pasado, y, en la madrugada del miércoles, de una bombeta “acelerada” en la ventana de la oficina de la diputada Zoila Volio, pertenecen a esta última categoría. A pesar de su carácter artesanal y chapucero, deben ser tomadas muy en serio.

Su fuerza destructiva resultó insignificante, pero su naturaleza como actos de retórica sociopolítica es inquietante. Ambos atentados fueron alimentados por la exaltación discursiva del odio, pero, a la vez, forman parte de esos discursos: la violencia como acto de comunicación; un salto cualitativo en los intentos por generar una espiral tóxica de crispación pública.

La oxigenación del debate público es una misión urgente y esencial; nos toca a quienes apostamos por la razón, la democracia y la paz.

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Cuando hablo de discursos, no me refiero solo a las arengas de un diputado fanático o un dirigente gremial paleolítico. Más importante aún es la amalgama de distorsiones, invenciones, prejuicios, medias verdades, teorías conspirativas, suspicacia, acoso, intolerancia, insultos, pretendidos linchamientos y catastrofismo que envuelven una parte de nuestro debate público. Y si a estas facetas se añade, como potenciadora, la violencia, mejor aún para quienes poseen ánimos destructivos y peor para la mayoría de la población y las instituciones.

Tales vicios e intenciones siempre han existido, pero se han acelerado. La gran propiciadora es la naturaleza inmediata, masiva, expansiva, reactiva y emocional de las redes sociales y su manipulación deliberada. Pero también hay que tomar en cuenta los discursos irracionales de muchos líderes de opinión, el deterioro en la legitimidad de instituciones y poderes públicos, la trivialización o distorsiones deliberadas de algunos medios de prensa y una realidad de desempleo y desaceleración económica.

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En estas condiciones, la oxigenación del debate público es una misión urgente y esencial. Como nunca la van a emprender los fanáticos y enemigos de la democracia, nos toca a quienes apostamos por la razón, la democracia y la paz. Y debemos empezar por ser parte activa y serena de la discusión.

Twitter: @eduardoulibarr1

El autor es periodista.