Eduardo Ulibarri. 4 julio

No recuerdo, en nuestra historia de huelgas, bloqueos y protestas, exigencias más retrógradas que las planteadas por la alianza síndico-evangélico-trailera que orquestó los desórdenes de los últimos días. No es que, en casos previos, la divisa haya sido el progresismo o la defensa de los más débiles. Al contrario: con excepción de los justos reclamos de comunidades o grupos marginados, generalmente han impulsado privilegios concretos y rechazado buenas iniciativas que también lo son; ejemplo: la huelga contra la reforma fiscal.

Lo que tiene de inédito —y perverso— el más reciente movimiento, es su intento de poner al país en reversa y lanzarlo hacia la decadencia, precisamente cuando más urge activar los motores del progreso, el bienestar y la equidad.

Lo que tiene de inédito —y perverso— el más reciente movimiento, es su intento de poner al país en reversa y lanzarlo hacia la decadencia, precisamente cuando más urge activar los motores del progreso, el bienestar y la equidad.

Necesitamos manejar responsablemente nuestros recursos marinos, pero los bloqueadores exigen la pesca de arrastre. Necesitamos jóvenes con sólida formación, pero pretenden frenar la educación dual, la renovación de programas, la evaluación docente y las nuevas pruebas para medir conocimientos y habilidades clave. Necesitamos un Estado robusto, capaz de contratar a los mejores y estimular a los más destacados, pero se oponen al proyecto de empleo público, orientado a ese fin. Necesitamos estabilidad fiscal, pero piden 18 meses de moratoria al impuesto sobre el valor agregado y sacar a las municipalidades de los controles del gasto.

Necesitamos impulsar la producción, pero pretenden paralizar la reforma para salvar al ICE y hacerlo más competitivo, premiar al Consejo Nacional de Producción por su parálisis, resucitar a Japdeva de su suicidio por complacencia, mantener a las cúpulas cooperativas secuestradas por dirigentes carcomidos, otorgar privilegios a los transportistas y dar vía libre a las huelgas políticas.

Además, exigen respetar los “valores cristianos” en su versión más oscurantista, penalizar a adolescentes con identidades de género que les molestan y vetar ministros y hasta diputados.

Presumo que su lógica ha sido maximizar las exigencias como vía para sumar grupos y generar presión. Pero al llevarlas al extremo retro, no lograron un sólido apoyo social y, al sustituirlo por la violencia, se alejaron aún más de una mayoría ciudadana. Es hora de reactivar los impulsos creadores.

Twitter: @eduardoulibarr1

El autor es periodista.