Eduardo Ulibarri. 21 enero
Foto Patrick Semansky / POOL / AFP
Foto Patrick Semansky / POOL / AFP

Sobran las razones para despedir con alivio el devastador gobierno de Donald Trump y recibir con esperanza la etapa que se abre con Joe Biden. Los cambios hacia el interior y exterior de Estados Unidos serán abundantes y favorables: en valores, voluntades, capacidad, método y decisiones. Su efecto mejorará también nuestras relaciones bilaterales, al ampliar y profundizar la sintonía política. El impacto tangible, sin embargo, será menor.

Me baso en tres razones para afirmarlo: 1) Costa Rica sobrevivió a Trump sin traumas; 2) nuestros nexos trascienden por mucho la dimensión gubernamental; 3) el mayor énfasis de Biden estará en Guatemala, Honduras y El Salvador, fuentes de migraciones masivas y epicentros (los dos primeros) del crimen organizado.

Durante este cuatrienio evitamos la atención y los tuits presidenciales. Soslayamos conflictos (al menos visibles) con Washington. Las inversiones, el turismo y el comercio mantuvieron un saludable dinamismo. En temas hemisféricos críticos, como Venezuela, hubo convergencia, y obviamos otros que pudieron ser más contenciosos, como la política ambiental. La cooperación no tuvo retrocesos, aunque se centró excesivamente en seguridad marítima y aérea.

Parte de lo anterior no ocurrió por designio, sino por la inercia y estabilidad que generan una vinculación profunda y diversa. Otras razones fueron nuestra estabilidad y pequeñez. Además, la embajadora Sharon Day, si bien nombrada por su cercanía con la administración, actuó con responsabilidad, balance, buenos filtros, cordialidad e inteligencia.

¿Qué cambiará? Creo que habrá más confianza y tranquilidad en las relaciones. El regreso de Estados Unidos al multilateralismo, las alianzas y las instituciones internacionales fortalecerá nuestra capacidad de acción. Tendremos amplia convergencia en cuestiones de ambiente, democracia y Estado de derecho. Su cooperación bilateral será más integral. Si la que volcará hacia el triángulo norte del Istmo genera allí mejor gobernabilidad y más crecimiento, tendremos beneficios indirectos. Y si supera con rapidez la emergencia de la covid-19 y reactiva su economía, el comercio, las inversiones y el turismo retomarán su crecimiento. En el camino podrá haber malas sorpresas, pero los signos, hasta ahora, apuntan hacia el optimismo. Y el alivio.

Twitter: @eduardoulibarr1