Eduardo Ulibarri.   17 enero

Cuando en Costa Rica hablamos del Teatro (así, con mayúscula afectiva) nos referimos al Nacional. No puede ser de otra forma. Ningún edificio ha aportado tanto a la nacionalidad, por su dignidad arquitectónica, su naturaleza cívica y cultural, su ligamen a un modelo de Estado más moderno y proactivo, y el imaginario de generosidad de clase tejido alrededor de su construcción. Además, sobrevivió al afán destructivo que borró la Biblioteca Nacional, la Universidad de Santo Tomás y el Palacio Nacional.

Por esto, el Teatro es fuente de cohesión identitaria. Pero ahora algunos se esfuerzan por convertirlo en motor de división.

El fin es convertir la institución en otro eje de “guerra cultural”, con posibles réditos políticos

El disparador fue el préstamo de $31 millones que le otorgó el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), con aval de Hacienda y el Banco Central. Su objetivo: restaurar, proteger, modernizar, ampliar la capacidad y readecuar integralmente un inmueble en riesgo, con respeto de su carácter patrimonial. Inicialmente, algunos puristas del patrimonio objetaron ciertos cambios, pero luego aceptaron su necesidad o se cansaron de insistir.

Ahora asistimos a algo más serio: una arremetida en su contra de diputados de Restauración Nacional y algunos otros pocos en la Asamblea Legislativa, que debe avalar el crédito. En la superficie, argumentan que la situación fiscal no justifica tal “gasto”. Olvidan que es una inversión, que el crédito es blando, su amortización es a largo plazo, está garantizada por ingresos futuros y, lejos de golpear, quitaría presión (aunque mínima) al servicio de la deuda.

En el trasfondo identifico otros móviles. Uno se alimenta de instintos opositores destructivos: golpear al gobierno de turno. El otro es más turbio: convertir al Teatro en símbolo de una élite (“ellos”) desentendida de los problemas nacionales (“nosotros”), para crispar el debate público, crear conflicto y, de paso, debilitar un centro de libertad y creatividad que perturba al dogmatismo religioso.

El fin es convertir la institución en otro eje de “guerra cultural”, con posibles réditos políticos, como antes lo fue el matrimonio igualitario, y ahora el aborto terapéutico o la limitación a la posesión de armas. Por esto, la discusión es mucho más seria de lo que parece, y hay que tratarla como tal.

Twitter: @eduardoulibarr1

El autor es periodista.