Ana Palacio. 25 febrero

MADRID – El 23 de enero, el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se autoproclamó presidente interino de Venezuela ante miles de ciudadanos, desafiando la legitimidad del desastroso régimen del presidente venezolano Nicolás Maduro. Esta prolongada crisis política –con la comunidad internacional dividida respecto a quién reconocer como líder legítimo de Venezuela– ha sido reveladora.

Con el argumento de que las elecciones de mayo del 2018 que otorgaron a Maduro otra legislatura fueron una farsa, Guaidó invocó una cláusula constitucional que permite al presidente de la Asamblea Nacional reemplazar a un presidente ausente o incapacitado, mientras se convocan las siguientes elecciones. Casi de inmediato, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, reconoció a Guaidó como líder legítimo de Venezuela, decisión que puede entenderse como el surgimiento de una Doctrina Trump. Numerosos países e instituciones regionales latinoamericanos hicieron lo mismo, lo que indica un distanciamiento del populismo de izquierdas en la región.

Hace tiempo que Putin promueve el regreso a un modelo decimonónico basado en esferas de influencia

En cuanto a la Unión Europea, la respuesta ha sido caótica. Una mayoría de miembros –entre ellos España, Alemania, Francia y el Reino Unido– terminaron reconociendo a Guaidó de forma coordinada. Pero otros solo emitieron declaraciones de apoyo, e Italia bloqueó, durante días, una declaración conjunta de la Unión Europea (UE) sobre el asunto. Ese fracaso en el intento de llevar adelante una política unificada ha puesto de manifiesto la disfunción de la política exterior y de seguridad común de la UE.

El régimen de Maduro cuenta con el apoyo de algunos países, ante todo Rusia. En las últimas dos décadas, el Kremlin inyectó miles de millones de dólares en préstamos e inversiones en Venezuela, cuya deuda pública estimada supera los $150.000 millones. En el 2017, la empresa rusa estatal de energía Rosneft tomó el control del 49,9 % de la refinería venezolana Citgo, con sede en Estados Unidos. Esas inversiones han sido esenciales para el sostenimiento del régimen de Maduro.

Desde la autoproclamación de Guaidó, el régimen del presidente ruso, Vladimir Putin, se ha convertido en el principal defensor de Maduro, y no ha dejado de aprovechar una sola ocasión para condenar el “cambio de régimen” impuesto por Occidente. Dichas declaraciones recuerdan a las formuladas antes de la intervención rusa en Siria, lo que deja claro hasta qué punto el Kremlin –alentado por el éxito que tuvo allí– está doblando su apuesta por ser perturbador titular mundial.

El Kremlin también ha utilizado otras tácticas de su manual de Siria. En diciembre, en un contexto de presión creciente sobre Maduro, dos bombarderos estratégicos rusos con capacidad nuclear llegaron a Venezuela en una misión de entrenamiento publicitada por el Ministerio de Defensa ruso, un cuestionamiento al liderazgo estratégico estadounidense en el hemisferio occidental. Unos días más tarde, corría el rumor de que Rusia planea establecer una base militar aérea en Venezuela, lo que sería la mayor proyección de fuerza militar rusa en América Latina desde la crisis de los misiles cubanos.

Las actividades rusas en Venezuela deben ser entendidas, sin duda, como advertencia a Estados Unidos –e implícitamente a Europa– y evitar su interferencia en los intereses de Rusia. El Kremlin quiere dejar claro que Rusia es capaz de generar el caos en el vecindario de Estados Unidos.

Hace tiempo que Putin promueve el regreso a un modelo decimonónico basado en esferas de influencia. Amenazando o agitando avisperos, espera convencer a sus rivales occidentales de que la vuelta a un orden de esa naturaleza es algo deseable. Y, quizás más importante, quiere demostrar al resto del mundo que el sistema liderado por Estados Unidos flaquea. ¿Qué mejor modo de hacerlo que cuestionar el componente más antiguo y fundamental de la política exterior estadounidense, la Doctrina Monroe de 1823?

El apoyo de Rusia a Maduro, al igual que su asistencia al presidente sirio, Bashar al Asad, envía una señal a otros líderes: Rusia, a diferencia de Estados Unidos, es un socio en el que se puede confiar. Pero el poder perturbador de Rusia, y la lealtad a sus aliados, tienen sus límites, y están empezando a asomar. Con la prolongación de la crisis política, el respaldo de Rusia a Maduro ha menguado. Ahora el Kremlin secunda abiertamente la propuesta de diálogo entre el régimen y la oposición, y existen rumores de que algunos oficiales rusos han contactado discretamente con Guaidó y otros opositores.

El cambio de postura de Rusia da pistas importantes sobre el modo de contrarrestar sus acciones. La pérdida de determinación del Kremlin se debe en parte a factores específicos como, por ejemplo, a las dificultades logísticas que suponen las intervenciones militares tan lejos de las infraestructuras y bases militares de Rusia. Pero hay otra razón que explica el debilitamiento de su compromiso con Maduro: que los vecinos de Venezuela y diversas organizaciones regionales importantes hayan adoptado una postura unificada en la cuestión. Es muy diferente de lo ocurrido en Siria, donde las profundas divisiones entre Turquía, Arabia Saudita, Catar e Irán dejaron a Rusia amplio margen de maniobra.

Y, sobre todo, significativas potencias del mundo han mostrado más decisión respecto a Venezuela que anteriormente con Siria. ¿Cómo olvidar las “líneas rojas” que el presidente estadounidense Barack Obama trazó y luego no defendió? En Siria, como en Ucrania, Rusia llenó el vacío creado por la reticencia de Occidente a actuar.

En Venezuela, por el contrario, Estados Unidos ha anunciado que responderá agresivamente a cualquier provocación. Cuando Maduro ordenó la salida del personal diplomático estadounidense, el Departamento de Estado se negó a cumplir y al final Maduro tuvo que retractarse. Pocos días despué,s Washington designó como enviado especial para Venezuela al “halcón” Elliott Abrams. Fue entonces cuando el asesor de seguridad nacional, John Bolton, reveló “sin querer” ante las cámaras una anotación que hablaba del envío de “5.000 soldados a Colombia”.

En Venezuela no hay vacío, y Rusia retrocede. Europa debería tomar nota.

El conflicto sirio ha entrado en una nueva fase y Asad consolida su poderío, Europa tiene que mantenerse en guardia ante posibles futuras aventuras desestabilizadoras del Kremlin. Rusia ya se ha instalado en Libia, y el mes pasado el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergéi Lavrov, visitó Túnez, Argelia y Marruecos, con una agenda donde destacaban los conflictos regionales.

No es momento para que cunda el pánico, pero sí para prepararse. Europa debe afianzar los vínculos con sus vecinos y forjar consensos internos. De lo contrario se expone a que su debilidad le inhabilite para contrarrestar la multiforme y creciente voluntad de injerencia rusa.

Ana Palacio fue ministra de Asuntos Exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown. © Project Syndicate 1995–2019