Jacques Sagot. 3 agosto, 2018

Mamá creció en Puntarenas, entre almendros, manglares, cercas de zinc, barcos pesqueros, casillas de madera poco menos que miserables y el viento salobre cargado de arena acumulándose regularmente a lo largo del tajamar. Por aquí una cantina, por allá una pulpería. El tipo del hombre porteño, hosco y huraño, como esculpido por el sol y la sal.

De vez en cuando una naranja a guisa de medicina para el resfriado y para toda afección concebible. A la naranja se le atribuían por poco poderes salvíficos. Mamá, la menor de la familia, esperando siempre a un padre que la abandonó a los tres años de edad para recorrer los mares y alzarse rameras en cuanto muelle atracó. Cada vez que sonaba la sirena de los barcos, los ojos de mamá se iluminaban.

A principios de los cuarenta, Puntarenas era un poblachón bueno apenas para los aventureros, los viejos lobos de mar, los traficantes, las prostitutas, los mercaderes que van de puerto en puerto vendiendo sus tiliches

Luego, los rostros anónimos de los pasajeros que desembarcaban, abrumados por el calor y la fatiga… eran todos extraños… una desilusión más. No lo reencontraría hasta cuarenta y cinco años más tarde, ya convertido en un estropajo humano y acariciando su lápida. Un anciano disoluto, que vivía rodeado de cervezas y prostitutas, allá en una de las más siniestras esquinas de San José.

El infierno. Madre dura, desnaturalizada, que prefería comprar cigarrillos que comida para sus tres hijos. Durante las tardes ventosas de verano, mi mamá iba a jugar “cochecito” en el tajamar. Dejar que el viento inflara su enagua hasta hacerla sentir que iba a volar. ¿Cómo salir de aquel infierno si no era volando? Era la vocación misma de su alma la que quedaba plasmada en aquel aparentemente insignificante juego infantil. Volar, huir, escapar…

Conseguir la cena de cada noche, una epopeya. La casa impregnada del tufo de los cigarrillos marca María que la vieja fumaba por cientos cada día. Cuando no tenía cigarrillos se tornaba violenta y abusiva. Padre desertor, madre incapaz de ternura.

Puntarenas por siempre en su alma. Infancia infeliz, abandono, el olor de los cerdos y las gallinas, los barcos que llegan y vuelven a zarpar, su hermano pescador de tiburones, las pangas alineadas sobre la playa, el golfo de Nicoya, dos o tres amiguitos entrañables, el sol y la arena en su piel para siempre.

Los escualos abrían y cerraban las fauces espasmódicamente mucho después de haber sido pescados: la niña se paseaba entre ellos, ignorante del peligro que la rodeaba.

Una muñeca pelona. Un trompo. Una patita llamada Piti. La prohibición estricta de ir a meterse al mar. Y en la niebla de la mañana, la sirena de los barcos, y mi mamá que no cesaba de esperar e invocar al padre ausente. Cada barco podía traerlo de vuelta. Así como se había ido, así volvería, ¿no era cierto?

Tenían una empleada que a veces venía a cuidar a los niños. Se llamaba María. Para castigar a mamá por la menor travesura, la encerraba durante horas en una gran boya metálica que desde tiempos inmemoriales se herrumbraba a la orilla del mar. Ahí quedaba recluida mamá hasta que a María le diera la gana liberarla.

El horror de la claustrofobia. Los gritos ahogados de la niña, incapaces de atravesar el metal, la áspera superficie de herrumbre… Cuando sus hermanos se enteraban de su tortura corrían a liberarla, de lo contrario, podía la niña pasar horas retorciéndose entre la boya, hirviente el metal, absoluto el silencio.

Nunca fue reprendida María por su crueldad. Hasta hace poco podía verse todavía la boya semihundida en la arena, como el despojo casi irreconocible de un viejo naufragio. Cuando la niña lloraba, María la amenazaba: “¡Si sigue llorando, su mamá se va a morir!”

Tierra de nadie. A principios de los cuarenta, Puntarenas era un poblachón bueno apenas para los aventureros, los viejos lobos de mar, los traficantes, las prostitutas, los mercaderes que van de puerto en puerto vendiendo sus tiliches. Menos, mucho menos que Macondo, una aldea adormilada en su miseria y su marginación de la Costa Rica meseteña donde acontecía todo cuanto era importante en el país.

A sus ochenta años de edad, mamá es una mujer feliz. La casita de su infancia en Puntarenas sigue en pie. La he visto un par de veces. Fachada estrecha, inclinada hacia la calle como un hombre que se asomara ya a su tumba. Los almendros y las palmeras están siempre ahí. El único cine de la ciudad fue demolido hace mucho tiempo. Pasaban sobre todo cine mexicano: Pedro Infante, Sara García, Jorge Negrete, Joaquín Pardavé, Fernando Soler, María Félix y Cantinflas, el único que le hacía gracia a mi mamá.

El estero apesta como lo hacía ochenta atrás. Puntarenas, una estrechísima franja de arena aventurándose en el golfo de Nicoya. Casi isla. Precaria. Al borde siempre del naufragio. Una ola cualquiera podría barrerla para siempre. El infame segmento conocido como La Angostura, donde los dos brazos de mar consiguen, cuando la marea es excepcionalmente alta, alcanzarse casi. Puntarenas, en el límite de no ser.

El poblachón ha asumido hoy poses de ciudad turística. Pero mamá conoció su innoble, cruel y mísera cuna. Evito sistemáticamente acercarme a ese infierno. Me dicen que con su nuevo “cosmopolitismo” ha perdido aun el rústico encanto porteño que alguna vez tuviera. Puntarenas. Todo el dolor de mamá.

El autor es pianista y escritor.