Columnistas

Pueblitos fantasmas

En los pueblitos rurales de Costa Rica, esos que salpican llanuras y montañas y están siempre apretujados contra caminos y carreteras: ¿qué oportunidades de progreso hay para sus habitantes?

La respuesta más apropiada es, probablemente, “depende”. Pienso que si el pueblito está en una zona de pequeños productores o de turismo ecológico, se abren posibilidades interesantes, pues hay oportunidades para iniciar o conectarse con emprendimientos locales. Cuando está ubicado en rutas comerciales de paso, zonas de turismo de sol y playa o grandes plantaciones, supongo que las perspectivas son pocas, especialmente para los jóvenes: meseros, peones o misceláneos. También hay zonas deprimidas en las que lo único que se mueve es la economía ilegal, la del contrabando o el narco.

Simplifico, por supuesto, pues en este país hay centenares de pueblitos, con realidades locales que matizan –y cuestionan– mi esquema. Sin embargo, sospecho que, en general, en la Costa Rica rural no hay mucho futuro para sus pobladores.

¿Nos convertiremos en un país cuyo campo esté deshabitado, con aldeas casi fantasmales, pobladas de viejos, porque todo el que podía emigró? No sería la primera vez que ello ocurre; es cuestión de ver lo que pasa en España o en Uruguay.

¿Seremos, a una generación vista, un país con cuatro o cinco ciudades de tamaño mediano (entre 200.000 y 300.000 personas) y una capital metropolitana hipertrofiada, de unos cuatro millones de habitantes, extendida a lo largo y ancho del Valle Central? ¿Una especie de ciudad-país, con amplias zonas rurales “vacías”?

Más de tres cuartas partes de nuestra población ya vive en centros urbanos y uno puede imaginar el advenimiento de una sociedad totalmente urbanizada, robótica, que cambiará nuestros estilos de vida y oportunidades de trabajo. Quizá esa hiperurbanización sea inevitable como, quizá, lo sea la tendencia contraria: que, por las comunicaciones, lo mismo dé vivir en Tibás que en Medio Queso, pues todo estará a un clic de distancia.

El punto es que los “espacios vacíos” nunca son tales: alguien los llena. Si no impulsamos emprendimientos innovadores en nuestras zonas rurales, otros actores, los ilegales, lo harán.

Hay oportunidades: el uso sostenible de nuestra biodiversidad requiere mucho acompañamiento y es posible enganchar a las zonas rurales a cadenas de valor… pero hay que actuar.

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