Zhang Jun. 4 febrero

SHANGHÁI – Arthur Lewis, futuro laureado con el Premio Nobel de Economía, concluía en su influyente artículo de 1954 Desarrollo económico con oferta ilimitada de mano de obra que “el problema central de la teoría del desarrollo económico es comprender el proceso por el cual una comunidad que antes ahorraba un 4 % o un 5 % de su ingreso nacional o menos, se convierte en una en que el ahorro voluntario asciende a cerca de un 12 % o 15 % de su ingreso nacional o más”. Lewis argumentaba que ese proceso “es el problema central porque el hecho central del desarrollo económico es la rápida acumulación de capital (incluidos el conocimiento y las habilidades con capital)”.

La observación de Lewis es muy relevante para el rápido crecimiento impulsado por la inversión que se ha vivido en China en las últimas décadas. Pero ese crecimiento se ha basado en niveles de ahorro nacional mucho más altos de lo que se podría haber imaginado, hasta el punto que hoy se ha vuelto desequilibrado y cada vez más riesgoso. De manera inversa al proceso descrito en su artículo, China debe hoy encontrar una manera de reducir su exceso de ahorro para pasar a un modelo de desarrollo económico basado más bien en el enorme tamaño de su mercado interno.

Tras más de una década de continuo aumento de la inversión interna, China se enfrenta hoy a un deterioro acelerado de la productividad total de los factores y del retorno del capital

Esto representaría un importante cambio. Durante 30 a 40 años, China ha dependido de una industrialización impulsada por las exportaciones para sostener el progreso económico. Como Japón y otras economías de rápido crecimiento del este asiático, China logró canalizar sus altas tasas de ahorro hacia la inversión en el sector manufacturero orientado a la exportación. A medida que la mano de obra seguía trasladándose desde la agricultura a los sectores exportadores, la tasa de ahorro siguió creciendo.

Al igual que Japón y otras economías del este asiático, pequeñas y de rápido crecimiento, China protegió y limitó los sectores de servicios y bienes no transables (incluidas las telecomunicaciones y las finanzas) durante el auge de las exportaciones de manufacturas. El nivel de protección era innecesariamente alto, una estrategia estructuralmente desequilibrada que mantuvo las proporciones en el PIB del ingreso de mano de obra y el consumo local relativamente bajas. Esto llevó a un superávit comercial chino cada vez mayor, en especial con Estados Unidos, y a un riesgo creciente de fricciones o incluso guerras comerciales.

Hace cerca de 15 años, Estados Unidos y otros países occidentales importantes sometieron a China a una enorme presión para que redujera su superávit comercial, ampliara sustancialmente su gasto de inversión en infraestructura y viviendas locales y dejara que el yuan subiera, con lo que sus exportaciones se hicieron más costosas. Como resultado, el superávit comercial chino ha caído desde un máximo de cerca del 8,6 % del PIB de hace una década al casi equilibrio actual.

Sin embargo, China ha pagado un alto precio por este ajuste. Si bien un aumento en la inversión de infraestructura puede ayudar a reducir el exceso de ahorro, si se hace en demasía se puede producir volatilidad macroeconómica y un frágil crecimiento “al borde de la navaja”. Precisamente eso ha ocurrido. Antes de la crisis financiera mundial, la economía china ya había estado navegando en una trayectoria de crecimiento poco saludable. Desde entonces ha seguido en la dirección errónea, con una aceleración de la expansión del crédito que ha llevado a máximos históricos la inversión en el sector de la construcción de infraestructura y bienes raíces.

Tras más de una década de continuo aumento de la inversión interna, China se enfrenta hoy a un deterioro acelerado de la productividad total de los factores y del retorno del capital. El crecimiento del PIB se está ralentizando debido a la baja de la productividad, y se puede decir casi con total certidumbre que no regresará a los niveles anteriores. Peor todavía, el país ha acumulado inmensos riesgos macroeconómicos y crediticios que limitarán su crecimiento futuro de la inversión.

Todo esto sugiere que se ha agotado el modelo de crecimiento de alto ahorro y alta inversión de las últimas décadas. El rumbo correcto sería ahora confiar en un modelo de desarrollo que reduzca el exceso de ahorro del país. Japón no lo hizo en una situación similar y acabó en el colapso de su burbuja de precios inmobiliarios a principios de los años 90. Sin embargo, incluso ahora, China no parece reconocer la urgencia de reducir sus ahorros, a pesar de la gran importancia que eso reviste para sus perspectivas de crecimiento a largo plazo.

China necesita cambiar el énfasis de su modelo de desarrollo desde las exportaciones a su inmenso mercado interno de 1.400 millones de personas, lo que implicará abrir los sectores de servicios y bienes no transables a inversionistas extranjeros y privados para ampliar la oferta. Puesto que estos sectores se han limitado y protegido por décadas, su productividad se ha mantenido relativamente baja. China tiene un enorme potencial de mercado en las telecomunicaciones, la salud, la seguridad social, la educación, el entretenimiento, las finanzas y los seguros. El grandísimo poder de compra ya demostrado en el sector de la Internet móvil del país recalca lo atinado que sería liberalizar esos otros sectores.

Si así se hace, se estimularía mucho la productividad, ya que el mercado interno de China es lo bastante grande como para tener muchos competidores en un mismo sector. Eso, a su vez, crearía un ritmo de empleo sostenible para compensar los puestos perdidos por el paso desde la manufactura orientada a las exportaciones. Lo más importante es que abrir los sectores no transables del mercado interno ayudaría a aumentar la demanda de consumo e inhibiría el exceso de ahorro, permitiendo así mejorar los retornos sobre la inversión.

China se encuentra en un punto de inflexión de su desarrollo económico. Por décadas, adoptó con éxito la estrategia de crecimiento impulsada por exportaciones e inversiones de las pequeñas economías de Asia del este, y todavía tiene que aprovechar plenamente su tamaño. A medida que los riesgos de este modelo desequilibrado se vuelven más evidentes, el crecimiento del país debe depender más de la demanda de su mercado interno y menos de su capacidad industrial y sus exportaciones. Esta es la manera inteligente de manejar los ahorros nacionales y es la clave para ganar cualquier guerra comercial que se presente con Estados Unidos.

Zhang Jun es decano de la Escuela de Economía de la Universidad Fudan y director del Centro Chino de Estudios Económicos, un centro de investigación con sede en Shanghái. © Project Syndicate 1995–2019