Fernando Durán Ayanegui. 19 octubre

Algunas reacciones provocadas el pasado domingo por esta columna, trajeron a mi mente dos recuerdos inconexos entre sí.

No sé si la explicación del primero se encuentre en la intención satírica de mi texto —evidentemente fallida—; solo sé que me vino desde el día en que, hace muchos años, un amigo chileno me encargó, para llevarla a escena como monólogo, una adaptación del ensayo satírico de Jonathan Swift titulado Una modesta propuesta para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público. Publicado en 1729, ese artículo es una sátira de la élite económica de Inglaterra de entonces, en la que se le sugiere a una autoridad local imaginaria que a los progenitores irlandeses pobres y “papistas” se les permita vender a sus hijos como un producto gastronómico, lo cual también resulta ventajoso para el fisco. En mi adaptación, la propuesta iba dirigida a una autoridad mundial —el Fondo Monetario Internacional— y se refería a los niños pobres del llamado tercer mundo. Mi amigo chileno inventó, para enriquecer la cartelera, un dramaturgo llamado SWIFT-DURÁN.

Es de sospechar que aquella propuesta fue bien recibida y aplicada por el FMI, solo que, para no ser acusados de promover la antropofagia, los jerarcas de esa institución utilizan un lenguaje tecnocrático que los deja en olor a santidad, pese a que la joven francesa Christine Lagarde, en su momento directora gerenta del Fondo, llegó a sugerir en público, con respecto a los ancianos, una idea bastante afín a la del falso dramaturgo.

El otro recuerdo emerge desde mi lejana juventud, cuando solía recibir noticias sobre las campañas de alfabetización que realizaban en sus países algunas organizaciones estudiantiles universitarias latinoamericanas y africanas. El caso es que tengo la impresión de que en la actualidad hay muchos lectores costarricenses, incluso profesionales, que carecen de capacidad para percibir la tesitura satírica o irónica de un texto, y no tengo más remedio que preguntarme si eso ocurre por pérdida paulatina del sentido del humor, o porque estamos en medio de una epidemia de analfabetismo por desuso. De ser esto último, mi nueva propuesta sería hacer en Costa Rica una campaña de realfabetización… como las de antes.

El autor es químico.