Fernando Durán Ayanegui. 9 mayo

¿Existe en España un pelotón de traductores en bruto utilizado por los editores cuando quieren publicar poesía escrita originalmente en inglés? ¿Toman uno de la fila, lo contratan con un tenue emolumento, le fijan plazo de entrega y manos a la obra? ¿Explica eso los desaciertos en traducciones de los poemas de Bradbury, Auster y Walcott? Gracias a una de ellas, Walcott llevó a Juan el Bautista a predicar en Noruega, pues “el vado de un arroyo” (the ford of a brook) se lo tradujeron como “el fiordo de un arroyo”. Más adelante, el mismo traductor le embrolló tres versos de tal modo que un cedro acabó dando manzanas de agua cuando, en realidad, esas tres líneas dicen: Se herrumbran serenamente los palos de mango florecidos, nadie conoce el nombre de aquel cedro voluble del que caen flores acampanadas y el árbol de manzanas de agua cubre el suelo con el púrpura de sus frutos.

No hay mal que por bien no venga. Después de caer en la cuenta de que, de haber sido escrito en español, el texto podría haber salido de la pluma de un alajuelense, se me ocurrió buscar una vieja fotografía. Resultó infructuoso. Pensé que no tenía importancia, pues una foto se puede revivir mirándola con la memoria. Esta, de cuando aún no existían los selfis, fue tomada en Washington. Aparezco sentado junto al poeta afroantillano Derek Walcott, quien ya había recibido el Premio Nobel de Literatura. La imagen corresponde a un momento posterior a mi fracaso en el propósito de convencerlo de que asistiese a un cónclave que se realizaría en Brasilia. Con una nobleza y una humildad que me parecieron siquirreñas, el poeta me expresó su pesar por no poder hacerlo, ya que la fecha de la reunión coincidía con la del estreno, en Nueva York, de una de sus obras de teatro.

La oportunidad de ver de nuevo al gran poeta pareció darse años después, cuando visitó nuestro país como invitado especial de la Feria Internacional del Libro. Fui a esperarlo a la entrada del edificio en el que tenía lugar la feria y, cuando llegó, me dirigí a su encuentro. Me entristeció ver que se desplazaba en silla de ruedas. Intenté saludarlo, pero lo impidió un robusto miembro de la élite afrocostarricense que lo acompañaba. Temió, imagino, que el alevoso nieto de una jamaicana de Siquirres agrediera al venerable Nobel caribeño.

El autor es químico.