Fernando Durán Ayanegui. 8 septiembre

Observamos una vez que un artículo publicado en la prensa local por un conocido columnista era idéntico a un texto que aparecía en un libro de Ernesto Sabato. Idéntico, salvo por un pequeño detalle: donde uno citaba a Beethoven, el otro citaba a Brahms. Ninguno llegaba a las cuatrocientas palabras y creímos, de buena fe, que en aquel caso entraba en juego la idea –¿de Borges?– de que todo texto literario o musical es una entidad que desde siempre se encuentra en el numen del universo, en espera de que un cerebro humano –maravilloso como lo son todos– lo “perciba” y lo materialice en una sucesión de signos que, en adelante, será compartida con otros congéneres. Creímos que Sabato y el columnista de marras habían captado aquel texto por separado y que el cambio de un compositor por otro era tan solo un levísimo error, similar al que cometíamos cuando, cazando insectos para el álbum escolar, confundíamos coleópteros con lepidópteros.

Argentina's writer Jorge Luis Borges talks in his Buenos Aires apartment on Nov. 20, 1981. (AP Photo/Eduardo Di Baia)
Argentina's writer Jorge Luis Borges talks in his Buenos Aires apartment on Nov. 20, 1981. (AP Photo/Eduardo Di Baia)

El mismo Borges ofreció un refinamiento de esta idea en su cuento La biblioteca de Babel, alimentado por aportes de escritores anteriores y llevado por el genio argentino a un deslumbrante nivel de sofisticación matemática. En resumen, Borges hace la alegoría del universo describiendo una biblioteca, enorme pero no infinita, en la que figuran todos los libros posibles, en todas la lenguas posibles, incluso en aquellas que nunca existirán. Pues bien, hoy resulta que de aquel modo Jorge Luis Borges fue nada menos que el Juan de Patmos de la literatura –es decir, el anunciador del apocalipsis de la prosa y la lírica–, ya que al caballero Jonathan Basile, estudioso de la literatura y experto en computación, se le ocurrió crear cibernéticamente esa biblioteca monstruosa y, recién nacida todavía, la puso a disposición de quienes quieran consultarla.

Carecemos de espacio para dar otros detalles, pero podemos señalar que tomamos 15 poemas cortos de un libro publicado en Costa Rica y todos ellos se encuentran, repetidas veces y sin cambios, en la colección automática de Basile. Es más, todos los haikús de otro libro, también editado en nuestro país, se encuentran –por accidente, se dirá– en esa biblioteca basileana. Muchas frases memorables pronunciadas por políticos locales están ahí, aunque no podemos adivinar a quiénes se les atribuyen.