Fernando Durán Ayanegui. 25 agosto

Si alguien me pidiera un consejo sobre la clase de “emprendimiento” que debería iniciar para enriquecerse sin agotarse demasiado, pondría a trabajar mi máquina de decir barrabasadas y le preguntaría a boca de jarro: “Si no te desagradan los perros, ¿pondrías en práctica una idea para hacer plata que tengo desde que estaba en la escuela politécnica?”.

“Profesor, usted habrá visto mucha agua en su vida, pero agua pura casi nunca: para tenerla hay que destilarla”, dijo el más bocón de la clase

Le contaría lo que ocurrió en 1954, cuando el profesor de Física de nuestro grupo de futuros tecnólogos nos preguntó cuál era la sustancia pura que en mayor abundancia habíamos visto en nuestras vidas. Alguien dijo que era el aire (“chico, el aire es invisible y además es una mezcla”). Otro dijo que el azúcar (“vamos, se ve que nunca estuviste en un ingenio, el azúcar no es sacarosa pura”).

Ante el silencio sepulcral del resto, el profesor quiso lucirse: “¡Qué falta de sesos tenemos, es el agua, la que beben y con la que se bañan!”.

La respuesta a la pifia del “profe” fue tumultuosa. “Profesor, usted habrá visto mucha agua en su vida, pero agua pura casi nunca: para tenerla hay que destilarla”, dijo el más bocón de la clase y, en efecto, todos sabíamos que en la naturaleza el agua líquida pura es una rareza, pero en el curso de Laboratorio de Química la preparábamos todos los días calentando “agua del tubo” hasta hacerla entrar en ebullición y condensando el vapor en una columna de vidrio fría. Eso era el agua destilada, el agua pura que no salía gratis porque para producirla era necesario gastar bastante energía.

Después de esta remembranza le explicaría a mi socio en ciernes la idea de lo que es un buen negocio: “Te podés hacer millonario ofreciéndoles, a los dueños de perros bien cuidados, bañar semanalmente a sus mascotas con agua destilada, el agua que, por ser pura de verdad, es la más saludable”. Si mi futuro socio no pareciera convencido y pusiera reparos por lo caros que saldrían los benditos baños, le soltaría mi argumento definitivo: “No te preocupés, hombre, ¿no ves que son ticos? Si instalás el destilador de agua en lugar visible, encontrarán todo tan científico y corrongo que van a pagar lo que les pidás”. duranayanegui@gmail.com