Fernando Durán Ayanegui. 21 julio

El astrofísico afroamericano Neil deGrasse Tyson sostiene que el elemento químico bautizado en honor a Einstein debió recibir el nombre de armagedonio, porque fue descubierto en 1952 entre los “desechos” de la primera bomba de hidrógeno. Estamos de acuerdo en que llamarlo einstenio fue un pésimo homenaje, ya que pertenecemos a una generación para la cual la llamada crisis de los misiles de 1962 fue una pesadilla que nunca olvidaremos. La perspectiva de un inminente enfrentamiento nuclear entre las potencias que reunían más del 90 % de las armas que podían causar un apocalipsis nuclear, fue aterradora. A la postre nos quedó claro que la supervivencia de nuestra especie dependía de que EE. UU. y la URSS negociaran con seriedad el desarme estratégico.

Una amenaza de súbita proliferación nuclear fue superada cuando Rusia quedó como única heredera del arsenal nuclear de la URSS

Ciertamente, no era mucho lo que se podía hacer. La historia no ignora la refinada hipocresía característica de la diplomacia entre potencias militares, pero fue alentador el surgimiento de algunas azarosas posibilidades. De hecho, una amenaza de súbita proliferación nuclear fue superada cuando Rusia quedó como única heredera del arsenal nuclear de la URSS, y fue alentador que a la sopa de letras mediática se incorporaran las siglas Start (Tratado de Limitación de Armas Estratégicas) y ABMT (Tratado de Limitación de Sistemas de Misiles Antibalísticos) que, sin duda, para concretarse exigieron contactos frecuentes entre unos gobernantes que nunca dejarían de enseñarse los dientes. Lamentablemente, el Start y el ABMT quedarían sin efecto a principios de este siglo, lo que incrementó la necesidad de que, sean quienes sean esos gobernantes, “no dejen de hablarse”. Hoy, el mejor juicio apunta a que, para bien de la seguridad global, conviene que los contactos personales entre los presidentes de EE. UU. y Rusia sean permanentes.

Por ello se nos hace incomprensible que, pese a que no se han escandalizado por los encuentros de Donald Trump con los poco presentables líderes de Filipinas, Arabia Saudita y Corea del Norte –para no mencionar algunos líderes europeos de pelaje neofascista que han sacado cabeza–, una parte de la prensa y algunos grupos políticos hayan satanizado su encuentro con Putin en Finlandia. ¿Esperaban, acaso, un drama shakesperiano que concluyera con la cabeza del zar Vladimir exhibida en una bandeja?