Fernando Durán Ayanegui. 16 marzo

He aquí los misterios del nacimiento del nuevo monte Everest de la literatura costarricense. Un amigo nos presentó un ejemplar de su último libro diciéndonos: “Este es mi abordaje transiberiano de la poesía urbana josefina”. Pero el autor es tan tímido que nos puso una condición como requisito para permitirnos la lectura de su obra: no revelar su identidad si se nos ocurriera escribir un comentario sobre ella. Creyendo que solo tendríamos en nuestras manos otro de esos intentos literarios que se desvanecen tras un fugaz viaje entre la imprenta y la recicladora de papel, estuvimos de acuerdo en conservarle su anonimato, mas nos llevamos menuda sorpresa: se trata, sin lugar a duda, del máximo acontecimiento artístico ocurrido en Costa Rica desde el día en que un aborigen americano aprendió a escribir en castellano. Vale bien afirmar que este poema épico marca el punto de inflexión tras el cual toda la literatura costarricense previa será declarada obsoleta.

Nuestra formación técnica no nos faculta para calificar este portento, pero tenemos la certeza de que, una vez que se difunda, los lectores comunes y los analistas académicos alabarán su incomparable riqueza visual. Con sus 180 páginas cortadas en tamaño poco convencional –40 centímetros de alto por 10 de ancho– es el volumen más elongado que hayamos leído nunca. Cada página del texto consta de dos líneas verticales paralelas, que deben ser leídas en el siguiente orden: la de la izquierda de arriba hacia abajo, la de la derecha de abajo hacia arriba. Estas paralelas entran, a intervalos regulares, en intersección con largas frases que si bien se leen de la manera normal, están escritas en diferentes idiomas y fueron escogidas de tal forma que un lector medianamente educado las puede entender sin dificultad alguna.

Lo más impresionante es que tal disposición gráfica crea la imagen de una vía férrea, y a la vez la sensación de que se viaja en un vagón de primera clase, pese a que las ideas expresadas no se captan en absoluto. La lectura exige tres recorridos del libro: uno, leyendo página tras página la línea vertical izquierda; otro, leyendo en sentido contrario la línea vertical derecha, y el tercero leyendo normalmente las frases intersecadas como si fueran las traviesas de un aerodinámico trecho ferroviario.

El autor es químico.