Fernando Durán Ayanegui. Hace 3 días

Algunos profetas contemporáneos de la tecnología no se desalientan ante lo raquítico de sus aciertos predictivos. Al igual que los astrólogos en siglos de adivinación con resultados pobres o confusos, simplemente se aprovechan de la credulidad y la ingenuidad humanas, y ejercen un tecnoevangelismo cuyos seguidores saturan las redes sociales y los medios tradicionales de información con abundantes despliegues de descubrimientos, inventos y ocurrencias que “salvarán al planeta”, milagrosamente, de peligros reales o inventados.

No se trata de un movimiento religioso, pues el tecnoevangelismo se orienta únicamente a la preservación material de nuestro mundo —esa insignificante entidad cósmica que, hasta donde colegimos, disfruta de una existencia precaria—. Si muestra alguna tonalidad mística, esta se origina en la ciega creencia en que la tecnología es omnipotente y resolverá todos los problemas que se le presenten a la humanidad, en particular aquellos que fueron creados por la tecnología misma. En suma, la tecnología es capaz de garantizarnos todo futuro que se nos antoje desear, de modo que hasta los agujeros de gusano en el espacio-tiempo ya pueden figurar en los proyectos políticos a corto plazo.

Nos entretendremos explicando cómo es posible salvar al planeta con la ejecución de un plan basado en el uso de la energía que se disipa en los gimnasios del mundo, en millones de artefactos destinados a la práctica de ejercicios físicos que exigen la generación de enormes cantidades de energía muscular. Esa energía se disipa gracias a la resistencia que oponen los aparatos, pero podríamos pensar en diseñar estos de tal manera que, en vez de disiparla, la transformen en electricidad. Así, si hacemos obligatoria la conexión de todos los aparatos de los gimnasios a las redes eléctricas contaríamos, entre las opciones para la reducción del consumo de combustibles fósiles, con una importante fuente adicional de energía limpia. No descartemos la posibilidad de que los regímenes autoritarios del futuro les impongan un diezmo energético muscular a todos los ciudadanos, incluidos los que no frecuentan los gimnasios.

Estamos de acuerdo en que esta es una propuesta descabellada, pero si la presentara un buen tecnoprofeta sería, sin duda, un proyecto políticamente exitoso.

El autor es químico.