Fernando Durán Ayanegui. Hace 6 días

Verano del 2015, en la islámica ciudad de Estambul, la que siglos antes fue la cristiana Constantinopla y, más antes, la pagana Bizancio.

Después de haber visitado el museo situado en el edificio que en la antigüedad fue la catedral de Santa Sofía, nos dirigimos a la cercana cisterna basílica, un gigantesco depósito subterráneo de agua, ahora acondicionado para las visitas turísticas.

Los extraordinarios testimonios gráficos que sobre esos dos sitios ofrecen los actuales medios electrónicos volverían ridículo todo intento por describir en esta nota lo que vi en ellos.

Mientras admiraba aquellas edificaciones no dejaba de pensar en la persistencia de la barbarie que condenábamos poco tiempo atrás, cuando recibíamos desde Afganistán noticias sobre la demolición, por los talibanes, de antiguas estatuas budistas.

Experimentaba el mismo pesar que sentí en mi juventud al enterarme de la destrucción de templos y monumentos precolombinos ejecutada en nuestro continente por los cristianos europeos y cuando visité en Toledo una sinagoga que, en tiempos de los reyes católicos, los cristianos convirtieron en un encierro de ganado.

En días recientes, el edificio de Santa Sofía volvió a ser la mezquita que fue durante más de cuatro siglos y una parte de la cristiandad lo lamentó como se clamó al cielo cuando, en 1453, dejó de ser templo cristiano.

Quizás deberíamos pensar que fue una gran suerte que los turcos no lo redujeran a escombros ni lo convirtieran en un caravasar.

Se me ocurre que, si la toma de Constantinopla hubiese sido a la inversa, el imponente edificio de Santa Sofía probablemente habría sido demolido, pues está a la vista el hecho de que en la construcción de esa catedral y de la gruta de la cisterna se utilizaron docenas de columnas y otros materiales rescatados de los escombros en los que una especie de talibanismo cristiano bizantino convirtió los monumentales templos religiosos que se levantaban en la península de Anatolia.

Nunca olvidaré a la joven que vi tendida en el suelo de un pasadizo subterráneo sacando fotos a una impresionante cara de Medusa, esculpida al pie de una antiquísima columna que fue empotrada, invertida, bajo el suelo de Constantinopla, sin ninguna consideración hacia la cultura que la había creado.

El autor es químico.