Fernando Durán Ayanegui. 9 junio

Como tantas otras, la palabra milagro tiene varios significados, pero el principal, según el DRAE, es este: “Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”. De esta manera, lo milagroso queda relegado al ámbito de lo místico, aunque el diccionario debería mejorar la definición aclarando que los milagros, por ser poco frecuentes, no son estadísticamente significativos.

Esto no quiere decir que pretendemos negar la existencia de testimonios fidedignos sobre diversos acontecimientos milagrosos, pero sabemos muy bien que el porcentaje de padecimientos humanos aliviados por esa vía resulta extremadamente reducido una vez que tomamos en cuenta las densidades demográficos de diferentes épocas.

Si el milagro místico es una desviación real o imaginaria de las leyes naturales, el publimilagro es un intento racional, tal vez taimado, de hacernos creer que a la naturaleza se le puede engañar

Habríamos esperado que, de esta forma, nuestro abordaje del tema de lo milagroso resultara satisfactorio para creyentes y no creyentes; sin embargo, nos hizo entrar en serias dudas la sospecha de que en estos tiempos de los influencers es imperativo incluir, en el diccionario de la lengua española, esta nueva definición: “Publimilagro: una afirmación contradictoria con las leyes naturales, cuya realidad se fundamenta en la opinión inapelable de una falsa o verdadera autoridad reputada de infalible”. Observemos que, si bien los milagros místicos no son tan comunes como para que su desencuentro con el conocimiento científico resulte engorroso, los publimilagros tienen propensión a convertirse en creencias sagradas porque son numerosos y gozan de exposición mediática. De hecho, ningún relacionista público vacilaría en presentar un artilugio tecnológico más o menos ingenioso como “el gran descubrimiento que salvará a la especie humana” de algo.

Si el milagro místico es una desviación real o imaginaria de las leyes naturales, el publimilagro es un intento racional, tal vez taimado, de hacernos creer que a la naturaleza se le puede engañar. En el primer caso, lo que ocurre “porque Dios lo quiso” complace al individuo sin poner en peligro a la colectividad; en el segundo, lo que se impone “porque fulano lo dijo” puede resultar catastrófico para millares de personas.

Con el primero, la credulidad termina, a lo sumo, siendo incomprensible; con el segundo, se llega, desde la insensatez, a una certeza inútil.

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