Fernando Durán Ayanegui. 9 marzo

En una popular novela de Julio Verne, el personaje, un sabio alemán, llega a la biblioteca pública de Reikiavik en busca de ciertas obras y es informado de que no se encuentran en los estantes porque todos los libros están en préstamo. Un lector despistado se preguntaría si los islandeses leían mucho o si el catálogo de la biblioteca era ficticio porque su presupuesto era reducido; otro pensaría que, tomando en cuenta el clima de Islandia y la época en que tuvo lugar lo narrado por el infalible Verne –sin radio, sin televisión, sin conciertos al aire libre y sin competencias deportivas– a los islandeses, para no aburrirse, no les quedaba más remedio que alfabetizarse y dedicarse a la lectura la mayor parte del tiempo, con la consecuencia de que, aunque un elevado porcentaje del PIB se gastara en libros, las bibliotecas del país siempre resultaban insuficientes. No en balde, todavía en nuestros días las estadísticas indican que en Islandia viven los más voraces lectores del mundo. ¿Será que llevan la bibliofilia en el ADN?

Ahora bien, en nuestro país el hábito de la lectura es un tema que solo apasiona a algunos autores para quienes la culpa de no ser leídos la tiene “la ausencia de efectivas políticas oficiales sobre la lectura” y no la pobreza literaria de lo que escriben. Preguntar si en un país tan alfabetizado como Costa Rica se lee mucho, poco o nada, solo puede conducir a una respuesta: “Se lee lo normal, lo imprescindible”.

Cierta vez, un pintoresco jerarca del sistema educativo alabó los rótulos comerciales “porque ayudan a evitar el analfabetismo por desuso”: es decir, importa que leamos sin que importe qué leemos. Mas, en verdad, las personas leen no solo lo que necesitan leer, sino también lo que les gusta leer, pero detestan la lectura obligatoria. Ese es el secreto. Nuestro sistema escolar pretende fomentar la lectura mediante unas listas de obras recomendadas cuya flexibilidad queda al arbitrio de los educadores y, en demasiados casos, de los promotores editoriales y de los vendedores de libros. La opinión del lector potencial –el estudiante– no se toma en cuenta y acabamos preguntándonos cuánto no influyen en esto aquellos educadores que “por pereza de leer más” repiten año con año las obras que ellos leyeron, obligados, cuando fueron estudiantes.

El autor es químico.