Fernando Durán Ayanegui.   14 septiembre

Un bibliógrafo inglés acaba de redescubrir, en el número correspondiente al 14 de agosto de 1912 de una revista hace tiempo desaparecida, la siguiente nota informativa sobre el impacto climático del consumo de carbón: “Los hornos del mundo queman anualmente unos dos millones de toneladas de carbón que, uniéndose al oxígeno, agregan a la atmósfera unos siete millones de toneladas de dióxido de carbono. Esto tiende a hacer que el aire sea cada vez más efectivo como frazada de la tierra y aumente su temperatura. El efecto puede ser considerable en unas pocas centurias”.

El que hayan transcurrido tan solo 112 años desde su publicación podría hacernos pensar que el anónimo redactor del texto era un optimista redomado, pero ha de decirse en su favor que, en aquel momento, apenas se iniciaba la era del consumo masivo y creciente del petróleo y sus derivados, razón por la cual lo de “unas pocas centurias” resultaba una aproximación razonable. Por otra parte, si bien la ciencia había postulado con anterioridad el efecto invernadero —o de frazada— de ciertos gases, la gacetilla en cuestión bien podría ser la primera advertencia mediática sobre la magnitud del peligro que significaba ese fenómeno. Dato importante: la suscripción anual a la revista costaba diez chelines, suma que quizá no muchas personas podían derrochar.

Podemos pensar que, si la advertencia se hubiera difundido con mayor amplitud, los políticos y los economistas habrían tomado, frente al problema que planteaba, medidas tan inmediatas como acertadas, aunque solo fuese porque entonces la literatura de ciencia ficción todavía no había convertido la tecnología en el motivo de culto que es en la actualidad. Culto que le atribuye la milagrosa propiedad de tener preparada de antemano, para cada catástrofe que causa, una solución reparadora. “En el camino del progreso, la tecnología va corrigiendo automáticamente sus pifias”, podría ser el lema de la nueva religión.

Como el águila o como el cóndor, la tecnología puede volar muy alto, pero al igual que ellos encuentra su límite ahí donde el aire se enrarece tanto que aniquila la esencia biológica de nuestra naturaleza. Es hora de que los dirigentes políticos cesen de basar sus proyectos para enfrentar el cambio climático en pésimas novelas de ciencia ficción.

El autor es químico.