Fernando Durán Ayanegui. 11 agosto

Aun cuando mencionarlos es socialmente reprobable, estamos al tanto de los inconvenientes que se le atribuyen al derretimiento acelerado de los hielos polares. Ese fenómeno bien podría ser el origen de las mayores desgracias futuras. Por ello, dudamos, una vez más, de la cordura del secretario de Estado Mike Pompeo, al saber que había declarado, en un foro internacional, que el deshielo del mar Ártico abre una era de grandes oportunidades para el desarrollo económico. Nos vino a la memoria Güilibrán González, personaje alajuelense para quien “los redactores de las constituciones políticas fueron los mejores autores latinoamericanos de ciencia ficción”, y pensamos que los políticos tipo Pompeo se revelan aún más dotados para la fantasía: cuando no hacen chacota de la crisis climática, inventan cuentos de hadas para simular que no les preocupa.

Sabemos que los mapas convencionales describen de manera imperfecta la geografía del planeta, y con frecuencia se nos advierte que, si queremos saber por dónde va la cosa, debemos contar con un buen globo terráqueo: “Las esferas no tienen lados”. Pero cuando éramos escolares ya sabíamos que eso tampoco funciona: los globos terráqueos didácticos se hacían girar alrededor de un eje “imaginario” de metal que iba de polo a polo, lo cual entorpecía la visibilidad de ambas “tapitas” de la naranja planetaria. Esa debió de ser la razón por la que no tomamos en serio a Pompeo, pero los chinos —siempre ellos— se adelantaron a inventar los globos terráqueos sin eje y, mucho antes de que el secretario de Estado abriera la boca, ya habían dado pasos gigantescos hacia la creación de la Ruta Ártica de la Seda, una amenaza de ruina para los canales de Suez y de Panamá.

Aun cuando las llamas pudieran volver a Siberia inhabitable, e innumerables ciudades costeras pudieran desaparecer bajo las olas, China parece haber llegado por un atajo a las ensoñaciones de Pompeo y no solo se dispone a hacer viable la navegación entre Shanghái y Róterdam en 33 días —dos tercios de lo que duraría vía canal de Suez—, sino que ya ha puesto dos pies en las más grandes reservas de petróleo, gas y minerales ocultas debajo del Ártico.

Es para sentirnos como si estuviésemos presenciando una partida de pimpón en la cubierta del Titanic el 14 de abril de 1912.

El autor es químico.