Fernando Durán Ayanegui. 5 octubre

En la memoria humana, “la esperanza es lo último que se pierde”, expresión que todos escuchamos desde niños, parece despojada de su origen mitológico. La esperanza es la única desgracia que no escapó de la caja de Pandora, y más bien debemos empeñarnos en no recurrir a ella. Al menos en sentido simbólico, tal vez tengan razón quienes sostienen que depender de la esperanza en momentos de inminente catástrofe es la manera más eficaz de renunciar… a toda esperanza, pues esta, negada por los dioses a la humanidad, siempre será inútil. Incluso nociva, en muchas circunstancias. En el ámbito psicológico, no siempre es posible distinguir entre fe y esperanza, de modo que, para muchos, las expresiones “creo que” y “espero que” presentan sinonimia absoluta. Para el caso, sería mejor decir que “la fe es lo único que nunca se pierde”.

Como el negacionismo, ese optimismo es otro disfraz de la esperanza: cuanto más grave se torna una situación, más crece la demanda de una droga que, no sabemos cómo ni cuándo, al fin escapó de la caja de Pandora.

En nuestros días, la humanidad se enfrenta a hechos —estuve tentado a escribir “problemas”— cuya naturaleza y cuyas dimensiones no se comprenderían si no fuera por las aproximaciones que nos proporciona la ciencia, y ante los cuales es peligroso tratar de sustituir el conocimiento con la inutilidad de la esperanza. Lamentablemente, al negacionista de lo que no es refutable en términos científicos, muchas veces no se le exigen explicaciones; por ejemplo, cuando actúa desde la cumbre del poder político, o del poder económico, que viene a ser lo mismo.

Los negacionistas por interés económico o religioso —lo son innumerables gobernantes y dirigentes políticos— saben, o al menos sospechan, que participan en un juego “omnicida”, y cuando no se salen con la suya gracias al terrorismo de Estado o a la mera brutalidad, utilizan el recurso de despertar en las masas arrebatos de inútil esperanza. Se aprovechan de que el negacionismo frente a la ciencia es una enfermedad fácilmente transmisible.

Algunos optimistas dirán que, antes de que sea demasiado tarde, las masas descubrirán el engaño al que se les ha sometido y se rebelarán. Como el negacionismo, ese optimismo es otro disfraz de la esperanza: cuanto más grave se torna una situación, más crece la demanda de una droga que, no sabemos cómo ni cuándo, al fin escapó de la caja de Pandora y explica por qué tantas de las “soluciones” que proponen los políticos parecen salidas de novelas de ciencia ficción.

El autor es químico.