Fernando Durán Ayanegui. 28 julio

No debe asustarnos la existencia de algunos seres humanos que hacen ostentación de méritos que solo ellos se atribuyen. Como nadie escapa de la autoevaluación ante el gran espejo de la realidad, no hará daño el pobre diablo cuya mediocridad lo aleja de sus desmesuradas ansias de grandeza y se consuela lanzando constantemente la invectiva: “¡Pigmeos, solo yo soy excelente!”.

Se trata de una refinada historia en la que el paladín religioso reconoce, en su fuero interno, que él es tan perverso como el diablo mismo

En Conversaciones con el diablo, el filósofo polaco Leszek Kolakowski escribe lo que pudo ser la diatriba dirigida al diablo por un notable predicador cristiano alemán en 1521. Lo que hace el predicador es, más que condenar al rey de las tinieblas, regodearse describiendo las sórdidas tentaciones a las que, según él se imagina, piensa someterlo el diablo con el propósito de convertirlo en un gran pecador y ganárselo para el infierno. En su larga perorata, el predicador admite una a una sus debilidades humanas, pero las excusa por ser menos graves que aquellas a las que el diablo –quien, por cierto, permanece todo el tiempo en silencio– querrá inducirlo. Al lector le va quedando la idea de que se repite un estribillo que más o menos dice: “Así que tú quieres tentarme para que cometa este pecado, pero yo solo soy capaz de cometer este otro, que a los ojos de Dios es perdonable”. El iracundo discurso concluye con los gritos: “¡Ahí va, puerco asqueroso, huye! ¡Eh, siervo, a mí! ¿Hay algún criado? ¡Siervo, a mí, el espejo se ha roto, se ha hecho añicos!”.

Es entonces cuando el lector se percata de que el predicador ha hablado todo el tiempo frente a un espejo y, en su furia, acabó rompiéndolo, probablemente de un solo bastonazo. Kolakowski era católico y marxista, de manera que no debemos ver en su relato una cáustica crítica a los hombres de iglesia. Se trata de una refinada historia en la que el paladín religioso reconoce, en su fuero interno, que él es tan perverso como el diablo mismo y que la gran inclinación que siente, a ser pecador, lo obliga a detestar su propia apariencia. Cuando, por fin, agrede al diablo creyéndolo refugiado en el espejo, lo que el predicador intenta es, realmente, suicidarse. Ese final sorpresivo resulta cómico y obedece a la afirmación platónica según la cual la risa nace cuando descubrimos la distancia que hay entre lo que creemos ser y lo que verdaderamente somos.

Fernando Durán es químico.