Fernando Durán Ayanegui.   11 mayo

Hay meses en los que las novedades mediáticas nos inclinan a aplicarle al planeta la cita que Michel de Montaigne le dedicó a una ciudad: “En París se construyen maisons de fous (casas de locos) para hacer creer que quienes no están dentro de ellas conservan la cordura”. Una versión mejor y actualizada podría ser: “Únicamente en las maisons de fous sería posible encontrar cuerdos”.

Llama la atención que a principios de este mes la prensa local no aludiera al decimosexto aniversario de la balandronada de G. W. Bush que consistió en declarar, aquel primero de mayo del 2003, “misión cumplida” tras la destrucción de Irak, justificada por él con las mentiras más transparentes de la historia y coronada con un lamentable “daño colateral”: la muerte de cientos de miles de mujeres y niños inocentes. (“Valió la pena ese precio”, diría años después una torpe y amargada dirigente estadounidense). Se perdió así la oportunidad de destacar que Costa Rica, a diferencia de El Salvador y Honduras, no envió soldados a participar en las ruina de Mesopotamia, y si se unió a ella lo hizo solo de manera simbólica, bajo la premisa, torcidamente enunciada, de que preferíamos la muerte de niños musulmanes a la de bebés cristianos; lo que nos habría obligado a preguntarnos de nuevo si los ciudadanos de un país sin ejército, y de autoproclamada neutralidad, podemos sentirnos libres de culpa en relación con una escabechina ejecutada por otros, pero aprobada por nosotros desde una indiferencia que podría condenarnos al infierno.

A propósito de culpas no interiorizadas, recordamos la visita, en mayo de 1966, a República Dominicana, ocupada aún por una “fuerza de paz” de la OEA de más de 40.000 hombres, de los que un puñado eran policías costarricenses. En una visita anterior, al paso de una “patrulla” integrada por costarricenses, un miembro de la juventud del Partido Revolucionario Dominicano nos comentó: “Yo creía que los de Costa Rica habían venido solo a cargar los equipajes yanquis”.

Pero algo de bueno hubo: la prensa local le dedicó al nacimiento de Archie, sétimo en la línea de sucesión de la corona inglesa, una atención solo diez veces mayor que la prodigada al pavoroso informe de la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad (Ipbes) de la ONU, presentado en París a principios de mayo.

El autor es químico.