Por: Fernando Durán Ayanegui.   Hace 2 días

En la web y en los medios convencionales de comunicación circula un flujo de especulaciones científicas que a veces provoca, entre los receptores, euforias mal sustentadas. Recientemente se “volvió viral” la información de que parte del dióxido de carbono almacenado en depósitos subterráneos se combina con las “rocas basálticas” y se integra a la formación rocosa. “Se acabó el calentamiento global”, escribió, más ingenuo que optimista, un compatriota que no leyó la letra menuda: el proceso exige el uso de tecnológicas muy especiales y es demasiado lento y costoso. Se debe reconocer que la función de los “comunicadores” no consiste en escribir artículos académicos sobre los temas que comentan y de ahí los cabos sueltos.

Tuvo un momento de vacilación, pero no se amilanó: “Eso no importa, en todo el mundo abundan las rocas calizas. ¡La humanidad está salvada!”.

Tenemos un ejemplo de cómo pudo haberse generado, en nuestro medio, una importante noticia ecológica. En San José, me saludó un joven: “¡Qué dicha que lo encuentro!, supe que usted es químico y…”. “Fui, ya no soy”, quise moderar su entusiasmo, pero prosiguió como si yo hubiera bostezado: “Es que tengo una idea fabulosa para resolver el problema del calentamiento global, y quiero explicársela a alguien que ande por el lado de la ciencia, ¿entiende?”.

Entendí y callé. “Es tan sencilla que me parece genial”, hizo alarde de modestia, “hay que fortalecer la industria de la cal y utilizar ese producto para capturar el dióxido de carbono de la atmósfera y acabar así con la amenaza del efecto invernadero; usted, como químico, sabe que el ce-o-dos reacciona con la cal apagada y se transforma en carbonato de calcio”. “¡Excelente idea, lo felicito!”, exclamé ocultando mi estupefacción. Se infló tanto que temí morir acribillado por los botones de su camisa. “¿Ya calculó usted cuántos millones de toneladas de cal se necesitarían por año?”, le pregunté. Tuvo un momento de vacilación, pero no se amilanó: “Eso no importa, en todo el mundo abundan las rocas calizas. ¡La humanidad está salvada!”.

“Bueno”, le aclaré, “para obtener la cal, hay que someter la roca caliza a altas temperaturas, lo que requiere una enorme cantidad de energía y, de feria, en el proceso se devuelve al aire tanto ce-o-dos como el que se va a capturar. Su idea me recuerda la de usar hidrógeno producido con electricidad para producir más electricidad”. Lo noté un poco deprimido, debo confesar.