Fernando Durán Ayanegui. 19 enero

Si las advertencias nada remedian, queda el recurso de las anécdotas, que son parte de la realidad y, si se recuerdan bien, a veces sirven para algo. Está viva en mi memoria una escena percibida desde el interior de una buseta de turismo, en una carretera africana. En ambos lados de la ruta se veían grupos de leones e, incluso, pasé —sin bajarme del vehículo, Dios no permita otra cosa— debajo de un gigantesco árbol en cuyas ramas descansaban, ¡oh félidas odaliscas!, media docena de leonas. Dentro del encierro metálico que me protegía, nada de muecas excepto para tomar unas fotos de las fieras —belleza de mundo aquel en el que todavía no existían los selfis y uno captaba más con la mirada que con el celular—.

En el transcurso del viaje, a menos de medio kilómetro de donde se había avistado una manada de leones, bajo un alero que me pareció una parada de autobuses estaban una joven pareja y sus dos hijitos, solitos ellos cuatro en kilómetros a la redonda, como esperando bus en la acera del parque de San Pedro. Me sentí preocupado y se lo hice saber al guía africano que iba a mi lado. Me miró como cuando en Alajuela alguien le quiere decir a uno “¿y de dónde salió este?”, y luego, sonriente, me contó lo que, supongo, era su bulo favorito para turistas: “Vea usted, amigo, lo que ocurre es que algunas personas de la comarca vieron en Dar as-Salam una película con escenas de circo, en la que observaron que un domador metía la cabeza en las bocas de los leones sin que le pasara nada. Después de eso creyeron que los leones ya fueron civilizados y ahora son respetuosos de la vida humana, y cuando volvieron de la ciudad compartieron esa creencia con toda la tribu. Ya ve, les va bastante bien de esa manera, así que no se preocupe”.

Le había tomado una foto a aquella familia en peligro y durante mucho tiempo la conservé en un álbum hoy desaparecido. Ocasionalmente la miraba y, con una nostalgia más bien siniestra, me preguntaba qué habría sido de ellos. Me seguían preocupando, pero solo los dioses pueden estar en todas y eso es lo que me digo cada vez que las noticias me cuentan que en algún país o en una provincia de un país los electores decidieron llevar al poder a un grupo fascista o supremacista racial o religioso. Alguien los convenció de que las fieras ya no atacan.

El autor es químico.