Fernando Durán Ayanegui. 2 febrero

Viena, setiembre de 1913. Procedentes de todo Europa, miles de interesados participan en el Congreso Internacional de Salvamento y Prevención de Accidentes. Se leen ponencias y se hacen recomendaciones sobre, entre otros asuntos, la prevención de las caídas en las obras de construcción, la seguridad a bordo de los navíos comerciales y la técnica al servicio de la prevención de accidentes. El cónclave revela una naciente preocupación por la protección física de los trabajadores.

Proteger de la muerte y la mutilación a los operarios de la industria y la construcción pasaban a ser un deber básico del Estado y de la sociedad

El acontecimiento tuvo, tal vez, tanta importancia como la que hoy tendría una competencia deportiva de dimensión continental. La prensa le dedicó gran atención al hecho de que numerosos médicos, administradores, bomberos, ingenieros, aseguradores, industriales, transportistas y toda clase de especialistas en cuestiones relativas a la prevención de accidentes en todos los ámbitos de la actividad productiva participaran en un encuentro que marcaría el nacimiento de una cultura en la que sería fundamental el interés colectivo en generalizar el derecho a la higiene laboral.

Proteger de la muerte y la mutilación a los operarios de la industria y la construcción pasaban a ser un deber básico del Estado y de la sociedad; sin embargo, en el acto de clausura del congreso el ministro del Interior del Imperio austrohúngaro esbozó una especie de advertencia al calificar, por igual, a la legislación social austriaca y a la Convención de Ginebra sobre el trato a los prisioneros de guerra, de necesarios contrapesos a los peligros que el creciente nacionalismo significaba para la civilización. Un periodista distraído pudo haberlo considerado un aguafiestas que politizaba el acontecimiento, pero se habría contenido al escuchar al alcalde de Berlín, invitado especial y segundo orador de la noche, quien cerraría su discurso diciendo que “la fiel hermandad militar de los hombres” continuaba en el Imperio alemán.

Debemos suponer que los aplausos al alcalde berlinés fueron atribuibles a la cortesía y no a lo premonitorio de su mensaje, pues antes de que transcurriera un año aquella sensible Europa preocupada por prevenir las caídas desde los andamios reclutaba a millones de sus obreros para uncirlos a la “hermandad militar” de la degollina que sería la Primera Guerra Mundial. ¡Cuán poco han cambiado los tiempos!