Fernando Durán Ayanegui. 6 abril

“¡Otra vez leyendo terroríficas!”, era la paternal reconvención que don M., nuestro vecino evangélico, dirigía a su hijo menor. Este había armado dentro de la casa un cuchitril que, para los mocosos del barrio, era una suerte de biblioteca clandestina. Ahí cometíamos la grave falta de intercambiar novelas y tiras cómicas de vaqueros, de piratas y de terror. Aun cuando la regañada iba dirigida al “pecador” doméstico, de rebote nos afectaba a todos los demás chicos, católicos y protestantes. Nuestra vergüenza duraba unos minutos y luego continuábamos las “travesuras” seguros de que a nuestro respetable acusador nunca se le ocurriría vedarnos unos libros y unas revistas que nos costaba mucho conseguir. Tal vez no conocíamos aún la palabra barbarie, pero sabíamos que don M. nunca cometería la atrocidad de hacer piras de libros.

Muchos años después, cuando las novelas de J.K. Rowling hicieron furor entre niños y adolescentes, un nieto me pedía los libros de Harry Potter, y cuando se los compraba conforme salían, yo creía escuchar la recia pero tolerante voz de don M.: “Eso es, déjelo que lea las terroríficas de ahora, a ustedes tampoco les hicieron daño las de antes”.

A lo largo de la historia, se perdieron a causa de las guerras innumerables obras filosóficas, históricas, científicas y artísticas de las que sobreviven menciones o fragmentos que nos hacen lamentar su desaparición. En otros casos, las pérdidas fueron fortuito resultado de incendios, naufragios e inundaciones, pero también hubo destrucciones de libros provocadas por los sectarismos y la intolerancia religiosa y, llegado el siglo XX, la idea de la quema de libros solo estuvo asociada a la barbarie de los regímenes totalitarios.

En la Europa recién salida de la Primera Guerra Mundial, eran impensables las piras de libros que arderían bajo el régimen nazi, pero cien años después, como una bacteria prehistórica latente bajo el hielo ártico y reanimada por el calentamiento global, el mal de la quema de libros renace gracias a los sacerdotes católicos polacos que queman —terrorífica coincidencia— los libros de Harry Potter. Cuesta mucho creer que la Iglesia polaca haya olvidado que la quema de libros por razones religiosas o ideológicas tienden a ser preludios de sacrificios humanos en hogueras y en hornos.

El autor es químico.