Fernando Durán Ayanegui. 6 junio

La biblioteca pública, céntricamente ubicada, era para los escolares un estupendo lugar de reunión en el que solo se nos exigía silencio, orden y limpieza.

Nos bastaba con “firmar” para llevarnos ocasionalmente un libro a casa, pero aun así el sistema no era igualitario. Quienes vivíamos dentro del cuadrante de la ciudad les sacábamos una ventaja injusta a los compañeros de las afueras, lo que me hacía sentirme culpable.

Pienso en ello ahora, cuando se habla de la posibilidad de convertir en virtual, por lo menos una parte, de la escolarización básica.

¿Qué proporción de nuestra población estudiantil tendría acceso a los medios que se requieren para sacarle provecho a la educación virtual? ¿Cuál será la dimensión del nuevo “cuadrante de la ciudad”?

El riesgo de incrementar las desigualdades ya existentes debe prevenirnos contra la improvisación, pero tampoco podemos ignorar que, al parecer, estamos condenados a navegar perennemente en ese océano sin litorales llamado Internet.

Verba volant scripta manent (lo dicho vuela, lo escrito queda) fue la primera locución latina que aprendí porque figuraba en la tapa del diccionario enciclopédico que ocupó en mi niñez el lugar que ocupa Google en la de mis nietos.

Con el tiempo, encontraría esta cita, atribuida al emperador romano Cayo Tito, en versiones tan alambicadas como littera scripta manet, volat irrevocabile verbum, pero su forma más simple fue la que me volvió fetichista de la palabra escrita en los libros y en las inscripciones en metal o en piedra de los monumentos; aunque —scripta supra mortuus infra (lo escrito encima, el muerto debajo)— las lápidas funerarias con leyendas esculpidas me resultaron siempre más tenebrosas que atractivas.

Para los miembros de mi generación, llegó el día en que aquel latinajo se desplomaría. La manent, la permanencia, se refugió en los discos duros, los disquetes, las llaves maya y, finalmente, en una misteriosa “nube” en la que hasta nuestras propias almas quedarán registradas para la eternidad.

A estas alturas, no creo poder impresionar a mis nietos con la manida cita de Cayo Tito. Me responderían ellos: “Tito, lo parlado vuela, lo digitado queda”. Sin embargo, les tengo una sorpresa: aprendí a redactar algunas de mis notas dictándole a la computadora, y hasta rapeando lo puedo hacer.

El autor es químico.