Fernando Durán Ayanegui. 13 octubre

Todos vivimos en una especie de pecera, de la que nos rescatan los libros de historia y algunas notas periodísticas del pasado. Sin embargo, un amigo de las redes sociales me llamó a “confiar solo en lo ven sus ojos y a olvidar lo que dicen los libros”. No atiné a decirle, antes de bloquearlo, que en mi niñez me habría gustado ver desfilar, frente al parque de Alajuela, las huestes de Alejandro Magno rumbo al Oriente en vez de la hinchada de Alejandro Morera rumbo al estadio. Bromas aparte, confieso que, aunque el consejo es tonto, me parece que podría tener algo de cuerdo: es posible que sea mejor para nuestra salud mental no saber nada del pasado y dejar que el futuro nos atropelle sin dar aviso.

Lo que me emberracó, como decían mis compañeros de estudios, fue el descubrimiento de que había desperdiciado, ante los europeos, un inútil sentimiento caribeño de inferioridad política

A partir de mi adolescencia, me tocó “ver” aquel funesto desfile de dictaduras militares que cubrió nuestra región y nos familiarizó con la expresión “la internacional de los sables”. En algún momento, se contaban con los dedos de un avaro los gobiernos americanos que escapaban a la categoría de dictaduras y, en mi mente, aquello era un motivo de vergüenza frente a los evolucionados europeos. Pero, cuando me tocó estudiar en una escuela técnica en la que no se impartían cursos humanísticos, dediqué algunos ratos de vagabundería a leer algo de historia europea del siglo XX y terminé sintiéndome burlado. Se me había ocurrido ver –en los libros, ya que no había dónde más hacerlo– cómo anduvo la suerte política de Europa durante los años previos a mi nacimiento, es decir, durante el llamado período de entreguerras, pues yo había cometido el error de nacer muy pocos días antes de la invasión nazi a Polonia.

Lo que me emberracó, como decían mis compañeros de estudios, fue el descubrimiento de que había desperdiciado, ante los europeos, un inútil sentimiento caribeño de inferioridad política, ya que entre 1922 y 1940 floreció, en el ejemplar antiguo continente, un nutrido jardín de dictaduras fascistas, tan rebosante como el charral de dictaduras militares del Caribe. La lista es tan larga que, para mis escasas neuronas, funciona como gimnasio: Albania, Alemania, Austria, Bulgaria, España, Grecia, Hungría, Italia, Polonia, Portugal, Rumania, Turquía… Eso era, más o menos, lo que decían los libros sobre un pasado que ahora comienza a repetirse en ambas orillas del Atlántico.