Fernando Durán Ayanegui. 12 enero

Hablando del “qué me importa a mí”, un amigo escritor se felicita porque sus cuentos, publicados antes del bum literario costarricense, pasaron al olvido hace mucho tiempo. Su satisfacción es mayor cuando recuerda haber destruido un sinnúmero de intentos literarios que hoy, de ser conocidos, lo apenarían; sin embargo, considera oportuno comentar uno de aquellos textos irrecuperables, del que solo retuvo lo esencial de la anécdota, desde luego imaginaria, pero hace constar que cuando lo perpetró aún no existía la famosa versión fílmica de la tragedia a la que hacía referencia y por entonces él solo disponía de informaciones bastante superficiales, provenientes de periódicos, revistas y anodinos programas radiofónicos.

En el relato, el profesor Lewis Harding, erudito en el campo de la seguridad en el transporte marítimo, había dedicado mucho tiempo al estudio de las más famosas catástrofes navieras de la historia

El personaje principal del fallido cuento era un profesor de la Transylvania University, que en realidad existe, pero no en Rumania como sería de esperar, sino en Lexington, Kentucky. Al hoy olvidado escritor le divierte afirmar que, cuando se enteró de la existencia de esa institución, imaginó que ahí fue donde por vez primera se enseñó un curso universitario de Hematología, pero aclara que eso es imposible, “porque esa universidad ni siquiera tiene una facultad de medicina”.

En el relato, el profesor Lewis Harding, erudito en el campo de la seguridad en el transporte marítimo, había dedicado mucho tiempo al estudio de las más famosas catástrofes navieras de la historia y, por ser el académico estadounidense que mejor dominaba ese tema, una prestigiosa fundación financiaba a cubos sus investigaciones, hasta que un día solicitó fondos para un proyecto titulado Estimación del porcentaje de optimistas entre los pasajeros del Titanic. El renombrado investigador dijo tener acceso a la información existente sobre la tragedia de abril de 1912 y se propuso, como punto de partida, recopilar en las fuentes todos los datos relativos a los motivos que tuvo cada uno de los pasajeros del coloso del mar para emprender el funesto viaje.

Al final de la historia, la financiación le fue denegada después de que un asesor externo de la fundación demostró, con este lapidario dictamen, lo superfluo del proyecto: “Para cualquier conocedor del comportamiento humano, es obvio que todos los pasajeros fueron optimistas hasta el momento del choque con el iceberg”.