Fernando Durán Ayanegui. Hace 4 días

Cuando, hace algún tiempo, desde la Cancillería se informó de que se gestionaba la firma de un acuerdo de cooperación aeroespacial entre Costa Rica y la India, alguien comentó que la carrera espacial tiene algo en común con las olimpiadas de invierno, pues en estas participan países que tienen nieve solo en las heladerías. Esta semana circuló la noticia de un fracaso científico-tecnológico que se torna más tragicómico conforme pasan las horas. Ocurrió en el continente americano, en un territorio todavía sometido al régimen colonial francés, y en el primer momento nos apesadumbró porque, aunque el concepto de madre patria ya superó su plazo de caducidad, seguimos guardándole a España cierta lealtad cultural. Si todo hubiese salido bien, nos habríamos sentido satisfechos.

Aclaremos. Tras 13 años de esfuerzos y al costo de más de 200 millones de euros, un satélite español de observación terrestre, descrito mediáticamente como un sofisticado espía civil, partió rumbo al espacio desde una estación de lanzamiento ubicada en América del Sur. Impulsado por un cohete de fabricación italiana, lo acompañaba un satélite francés menos complejo. Lo triste fue que, como consecuencia de lo que se reconoció como un error humano —una chambonada, habrían dicho nuestros abuelos— los dos artefactos que ahora deberían estar surcando la inmensidad cósmica como muestras de una pujante tecnología espacial latina, cayeron en medio del Atlántico y no servirán ni para chatarra de museo.

Accidentes similares ocurrieron antes y esta vez, por suerte, solo salieron heridos los orgullos nacionales y el avance de la ciencia. Sin embargo, mientras la empresa francesa responsable del lanzamiento hace las de Pilatos, la prensa de los países involucrados participa en un conventillo de inculpaciones mutuas que apuntan, ya a la impericia industrial italiana, ya a la torpeza manual de los técnicos ibéricos. No debemos creer que la tecnología española quedó en entredicho, ya que sigue funcionando muy bien en manos de Arabia Saudita, tanto en los equipos ferroviarios que enriquecieron bajo cuerda al rey emérito como en las bombas españolas que los aviones y los misiles saudíes utilizan en Yemen para procurarles muerte asistida a miles de civiles —niños, mujeres y ancianos incluidos—.

El autor es químico.