Fernando Durán Ayanegui. 17 octubre

Si trazamos en el mapamundi una línea terrestre equivalente, en escala, a dos mil kilómetros, necesariamente atravesaremos con ella la comarca de cuando menos una “raza superior” y podemos apostar a que, si alguna vez esa “raza” realizó un largo desplazamiento geográfico, acabó convirtiéndolo en una epopeya de masacre y subyugación. De igual manera, si los hablantes de tres o cuatro dialectos virtualmente idénticos viven separados entre sí por riachuelos y montículos, tarde o temprano descubrirán el racismo y se irán a las greñas... o a los cañonazos, según el gusto.

¿Instinto? ¿Destino? ¿Maldición? Vaya usted a saber, pero así es en todos los rincones del mundo. Hace muchos años, conducía regularmente a un nieto hasta una guardería josefina, y una mañana circulaba de regreso cerca de la iglesia de Santa Teresita cuando me percaté de que se me había pinchado un neumático. Aparqué, y en eso apareció un amable vendedor de golosinas que me ofreció su ayuda. La acepté y nos pusimos manos a la obra. Enseguida me di cuenta de que el voluntario manejaba mal el español y algo me dijo que le hablara en francés. En efecto, era un galoamericano, un haitiano de paso por San José. Se volvió bastante locuaz y me habló de sus avatares de migrante forzado. Por mi parte, le conté que había estado varias veces en su país y que había tenido compatriotas suyos como compañeros de estudio, de manera que cuando apareció una pareja de policías —ella, menuda y atildada; él, alto y fornido— socábamos las ranas recordando una tonada estudiantil haitiana que comenzaba algo así como adlá, adlá, adlá, lecoleyé, lecoleyé...

No hicieron falta muchas explicaciones para que los agentes del orden admitieran que la denuncia telefónica, por parte de una vecina, de que unos limonenses robacarros estábamos desmantelando un auto, era cosa de “doñitas chismosas”. Yo había visto a una mujer asomándose con curiosidad a la puerta de una casa e, impresionado por su esmerado desaliño, la había remitido a mi desván de las pesadillas, pero siempre me he preguntado qué pudo pensar aquel espécimen de la raza superior del distrito Carmen de San José cuando nos vio, a los policías y a sus supuestos limonenses, consumiendo amistosamente bolsas de papas tostadas de las que vendía el más caribeño de los robacarros.

El autor es químico.