Fernando Durán Ayanegui. 1 septiembre

Si cuando creíamos que ser joven era un mal incurable, nos hubieran mencionado el proyecto de crear ciudades “inteligentes”, habríamos preguntado cómo harían para reclutar tantísimas personas con un IQ superior a 125. Pero hoy ya oímos hablar de casas, autos, lavadoras y hasta sillas eléctricas inteligentes. Suponemos que estas últimas distinguen, antes de cumplir su función, entre humanos y porcinos.

Es posible que en los siglos XV y XVI la ciudad más inteligente del mundo fuera Tenochtitlán

Y no nos llamen truculentos: allá por 1980 se popularizó una novela de Pavel Kohout en la que se describía, como requisito para obtener el título oficial de verdugo, la electrocución eficiente de un cerdo afeitado. Es decir que, en cada momento, la forma de utilizar la tecnología más avanzada define qué es y qué no es inteligente. Sépanlo quienes creen que sus mascotas son inteligentes, aunque aún no les hayan incorporado unos cuantos chips cargados de programas “behaviorales” (ahora ladre, mi gatito, ladre).

Sin duda, con la celeridad de la evolución “gadgetaria”, lo que hoy es inteligente pasará a ser idiota en muy poco tiempo, y esa idea agudiza el terror que nos causó un vendedor de aparatos al decir: “El negocio marcha, Costa Rica es el país más ‘aparatizado’ de la región”.

Creemos que, de haber poseído capacidad lingüística, el primer simio que usó una piedra o un garrote para romperle la crisma a un congénere proclamó triunfalmente: “Ya sabemos por fin utilizar rocas y palos inteligentes”.

Es posible que en los siglos XV y XVI la ciudad más inteligente del mundo fuera Tenochtitlán, gracias a la forma realmente racional en que los aztecas “gestionaban” el agua sin convertirla en una suciedad cada vez más escasa. Y, como prueba de que la inteligencia no está en la tecnología como tal, sino en quienes saben controlarla, tenemos el enfoque racional –es decir, inteligente– que al parecer los urbanistas chinos –no los del barrio chino que conocemos– tratan de darle al aprovechamiento urbano de esa agua de lluvia que, a causa del cambio climático, es una amenaza creciente para las ciudades grandes y pequeñas.

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Según ese plan asiático, conocido como el de “las ciudades esponja”, en el año 2030 las ciudades de China recogerán al menos el 70 % de sus aguas pluviales y las utilizarán sin que causen inundaciones. ¿Reinventaremos nosotros la cisterna de Constantinopla?