Fernando Durán Ayanegui. 2 junio

No habría pasado de banal episodio urbano si no fuera porque un turista curioso lo filmó e hizo que en pocas horas fuera conocido en toda la ciudad de París, en toda Europa y, finalmente, por millones de náufragos de la web regados en cinco continentes. Fue escalofriante. A gran altura, desde un balcón externo de un edificio de apartamentos, se sostenía colgado un niño y era evidente que, en cuanto sus fuerzas lo abandonaran, caería y encontraría la muerte. Pero, de pronto, sin que nadie se lo pidiera, un joven desconocido se aventuró a subir de una manera que en otras circunstancia llamaríamos circense y rescató al desvalido crío. Ahora podíamos respirar tranquilos: las dos vidas que estuvieron en peligro quedaban a salvo.

A quién no habría de alegrar ese acto de mínima compasión en un mundo en el que, de tantas maneras, lo que campea es la injusticia?

De haber figurado la escena en una película de Bollywood, la habríamos descalificado por inverosímil, pero este caso era real y no tenía por qué sorprender la emotiva reacción de los habitantes de París, menos aún al saber que el autor de aquel heroico acto era uno de los desheredados de la tierra, un inmigrante indocumentado procedente de un país africano llamado Mali. Sin olvidar que son millones los seres humanos que están en el predicado del valiente joven, vimos con satisfacción que las autoridades del país de refugio le reconocieran su excepcional valor y decidieran facilitarle los trámites migratorios y ofrecerle un puesto de trabajo. ¿A quién no habría de alegrar ese acto de mínima compasión en un mundo en el que, de tantas maneras, lo que campea es la injusticia?

Mas, inesperadamente, ocurrió algo que nos obliga a preguntarnos si la cordura no está en extinción. Aparecieron, en la red, compatriotas nuestros que ponían en duda los motivos del joven africano y, además, acusaban a las autoridades francesas de practicar una doble moral y de proceder demagógicamente con respecto al caso. Le seguimos la pista al fenómeno y descubrimos que esas notas de racismo se nutrían de una campaña iniciada por una notoria organización fascista española. Si bien es difícil olvidar los males del colonialismo galo en África, cuando el joven maliense se explicó diciendo “lo hice porque era un niño”, nosotros entendimos: “Un motivo santo hace al héroe olvidar el miedo, pero el heroísmo no vale menos porque el diablo tenga motivos para alabarlo”.

duranayanegui@gmail.com